¡Bienvenid@ a mi ciberhogar!
Entre estas páginas encontrarás el primer capítulo de algunas novelas y ejemplos de prosa poética.
¡Disfruta de la lectura!
Primer Amor
El primer amor nunca se olvida o, como pensaba Ana, nunca deja que le olvides.
En una época tranquila las decisiones de las personas que rodean a la joven lo cambian todo y el pasado vuelve para intentar quedarse.
Un poco de todo
Es la frialdad del ser humano. Los instintos básicos que luchan por machacar el sentido común. Es la felicidad convertida en impaciencia, la soledad hecha aliada. Es la carretera larga que nunca acaba, recta, infinita.
Es el corazón hecho pedazos, pegados todos con esperanza. Es el final que se ve cada vez más cerca.
Es el grito ahogado por el deseo del cambio. Es el olvido, que va ganando terreno. Es la llama que se extingue sin querer, sin poder evitarlo.
Es que se acaba el amor, amor mío; es que se deja de querer día a día.
Es abrir los ojos al despertar deseando encontrar una sonrisa y encontrarte la otra mitad de la cama vacía. Es aguantar con el recuerdo de una caricia, con el calor, frío ya, de un abrazo.
Es que se acaba nuestra vida, vida mía; es que se vuelve independiente, solitaria.
Es como el agua estancada en las manos unidas, que se escurre y se va en ríos de llanto contenido. Es la perdida del deseo de los cuerpos, del cariño de las almas… para encontrarnos con el desdén de la mente.
Es dejarte de amar porque no encuentro en ti el amor que sentías antes. Es pensar que tal vez toda esta tragicomedia en realidad solo fue un error del destino. Y eso duele, eso desafortunadamente es lo que más duele. Pensar que es cierto que esto es solo un error. Pensar que lo que durante tanto tiempo he creído realidad es tan solo un sueño.
Es, por que no, una pesadilla que se repite cada noche y se mantiene cada día. Es un nudo en el pecho. Es un rastro de mentiras, de palabras a medias, de miradas que se evitan.
Es que se acaba el amor de mi vida. Es que dejamos que se acabe.
09 de Julio de 2003 [...]
Una palabra, sólo un momento, una mirada, una caricia.
Un suspiro, un brillo en los ojos, sólo un latido.
Sólo tus manos y las mías, tus labios, los míos.
Sólo yo. Sólo tú. Pero no, tú en mi corazón, en mi mente, en mi tiempo, en mi espacio, en mi vida.
Y yo en tu vida… no, creo que no.
Tú en mi silencio, en mi mirada perdida. Y yo… ni siquiera llegué a tu sonrisa.
01 de Enero de 1999 [...]
Me pierdo entre palabras que nunca digo, alojándome en los recuerdos que me acechan, porque tú no estás.
Me adentro en lo imposible del ser, en lo absurdo de existir por ti, recreándome en el vacío de tu ausencia. Porque tú no regresas.
Navego entre fantasías, ahogando este amor que me consume, dedicando al silencio mis sonrisas, cansada de soñarte. Porque tú no me anhelas.
Me consuelo con lo irracional de la esperanza, avivando el sentimiento, recapitulando a ratos mis momentos contigo. Porque tú te has ido.
Me desespero en el tiempo que paso sin ti, buscándote sin resultado en mi vida, porque tú…
06 de Marzo del 2012 [...]
Noto que mis sentimientos hablan a través de una boca que no es la mía, que mi alma se remueve impaciente en mi interior deseando unas caricias y unos besos que ni siquiera yo he imaginado.
Recreo la luz que intuyo en ti, de una diferencia tan sutil con la mía que creo ver la misma luz.
Me pregunto si puede un ser dividirse en dos y buscarse a través de la vida… encontrarse en un punto del destino, en el mismo tiempo, y volver a ser un único ser.
Sueño que mi corazón se acompasa al tuyo y mi mirada se pierde en tus ojos, ansiando robarte un beso.
Deseo sentir que mi piel se estremece pegada a la tuya en un abrazo de hierro, con mi mejilla ligada a tu pecho, escuchando tus latidos, rodeándote con mis brazos, encerrada entre los tuyos, con el calor de nuestros cuerpos incendiando el aire, anhelando ser capaz de parar el reloj de nuestras vidas.
Creo que podría de ir más allá de una sonrisa, de un sentimiento, de una ilusión y aventurarme en lo más recóndito de ti… creo.
25 de septiembre de 2012 [...]
Capítulo 1
Enzo esperaba a Isabel mientras terminaba algunas cosas, miraba hacia la pantalla de su ordenador sin terminar de entender lo que estaba viendo, se sintió incapaz de concentrarse y suspiró echándose hacia atrás en la silla de oficina.
Encogió la cara al notar la tensión en los hombros, estiró los músculos cuanto pudo, manteniendo la postura unos segundos, e intentó relajarse. Miró de nuevo hacia la pantalla del ordenador, pero al momento la desvió hacia su derecha y se fijó en el móvil que descansaba en un soporte. Alargó su brazo para activarlo y al momento pudo ver el salvapantallas. Sonrió levemente y volvió a suspirar, llevaba todo el día suspirando.
La imagen de una catarata amenazaba con ocultarse tras el tiempo de inactividad del teléfono, Enzo la miraba con los ojos brillantes, aquel día, el día que fueron a aquella catarata lo había cambiado todo para él, por eso la había puesto de salvapantallas, porque aquel momento le recordaba quién quería ser, cómo quería ser.
La frase que, en su recuerdo, acompañaba a la imagen, se repetía en su cabeza y la repitió hasta sentirse mareado.
Te quiero Enzo, me da igual que te comportes como una estatua de piedra, que estés resentido y cabreado. En momentos como este siento que mi corazón está a punto de explotar de felicidad porque estás a mi lado. Te quiero a ti, tal como eres, y no me importa que tú no me quieras.
Jamás, persona alguna, había sido tan sincera con él. Recordó el instante después, no dijo nada, guardó el móvil y le abrazó.
Intentaba volver a sonreír cuando alguien llamó a la puerta y le devolvió al presente.
Aquel recuerdo había llegado hasta él en ese preciso instante porque sentía que se perdía otra vez, que su corazón se llenaba de reproches y dudas, que sentía de nuevo la necesidad de alejarse de todo y respirar tranquilo, solo, olvidándose de las emociones que le hacían humano para convertirse en algo a medio camino entre un animal y un vegetal, repitiendo una y otra vez las mismas acciones mecánicas vitales, dejando atrás el resto del mundo.
La cabaña en la sierra le llamaba desde la distancia y oía su nombre cada vez más alto.
Dio paso a quien llamaba a su puerta, recomponiéndose, e intentó centrarse.
En cuanto Isabel le miró supo que algo pasaba, tomó asiento frente a él y dejó su tablet sobre la mesa.
Hola guapa, ¿quieres tomar algo?
Hola, ahora no gracias, más tarde pedimos unos refrescos si vemos que tardamos mucho.
Perfecto.
¿Qué te pasa? – preguntó la mujer intentando no darle opción a hablar de trabajo.
Nada, me he acordado del día que fuimos al nacimiento del río.
Esta historia con Leví ya está durando mucho tiempo, tienes que hablar con él ¿Desde cuándo no habláis?
Desde hace dos meses.
Hace ya casi un año de todo esto y a él también le está afectando.
Yo no tengo la culpa de que se comporte como un niñato de veinte años.
No, no la tienes, se comporta así porque es bastante infantil, pero lo hace para llamar tu atención Enzo. Se equivocó, se merece otra oportunidad.
Creo que me conoces tanto como Adán como para pensar…
Por eso te lo digo cielo, hace veinte años que te conozco, no es la primera vez que pasamos por esto y sabes que esta vez es diferente.
No puedo Isa, bastaba con contármelo, debió confiar en mí y no hacerlo todo a mis espaldas, mintiendo y escondiéndose, ni siquiera se disculpó.
Pero se arrepiente, a veces las personas necesitamos un toque de atención o una dosis de realidad para reaccionar. Además ya estoy cansada de que me llame cada dos por tres para preguntarme, está desesperado y al final hará otra tontería.
Enzo cerró los ojos y expulsó todo el aire de sus pulmones de golpe, él también estaba cansado de la situación y de los mensajes que Leví le enviaba.
Prometo que lo pensaré, pero primero tengo temas laborales que tratar contigo – dijo Enzo cediendo un poco.
Las opciones que me diste no me gustan, tendremos que buscar a otra persona.
¿Tan mal están?
No es que estén mal, pero no se ajustan del todo a lo que necesitamos.
Quizás tengamos que pensar en bajar un poco el nivel.
Lo tengo en cuenta, pero prefiero tomarme tiempo en encontrar a alguien más adecuado. Si me dais seis meses seguro que encuentro algo.
Está bien, te llamo si encuentro a alguien.
La psicóloga me está haciendo un formulario para que lo rellenen los candidatos y poder hacer un perfil, tanto profesional como personal.
Mientras todo quede dentro de los dos años, no hay problema.
Espero que salga bien, tengo ganas de hacer un cambio ya.
Tranquila, no te impacientes o será peor. Todo saldrá bien, cuando todo esto acabe y podamos estar tranquilos nos iremos de viaje.
Ya me lo dijo Adán.
El destripa sorpresas, me prometió que dejaría que te lo contara yo.
Se lo sonsaqué, ya sabes que no puede negarme nada.
A veces creo que te quiere más que a su madre.
Casi lo soy de los dos, pero me ha venido bien, así me da tiempo a fantasear con dónde iremos.
Entonces te lo ha chivado para que lo organices tú.
Pues seguramente, ya le conoces, pero le hizo ilusión. ¿Vamos a comer a su casa?
Cuando quieras, yo ya no doy más de mí hoy, prácticamente no he hecho nada.
Estás descentrado – dijo la mujer levantándose – acaba con esto, aprovecha la inauguración para hablar con él. Recojo mis cosas y vengo a buscarte.
Vale – dijo Enzo con el recuerdo de Leví volviendo a su mente.
Isabel volvió a su despacho preocupada, conocía a Enzo de sobra y ya había advertido a Adán, si no daban con lo que le pasaba terminaría marchándose de nuevo a la cabaña.
Enzo se quedó pensando en su amigo, hacía varios años que le conocía y se había ganado su amistad a pulso, le había costado confiar en él tanto como en el resto de personas del mundo, pero entre todas esas personas él había confiado en Leví, a pesar de todo, porque tenía algo. Su amigo le recordaba a sí mismo, con aquel algo oculto tras su dura capa de aislamiento. Su amigo se escondía tras su niño y lo sacaba en momentos inapropiados.
Después recordó a Ester, todo había empezado más de un año y medio antes. La conoció en un bar, le gustó, tontearon un rato y terminaron en su casa, teniendo sexo salvaje. Tras aquella noche, un día de cada dos semanas, visitaba a la chica, pasaba un rato con ella y se marchaba a casa, Enzo nunca la invitó a la suya y ella se había quejado de la situación más de una vez. Llevaba cuatro meses con ella cuando todo comenzó a cambiar. A veces la notaba entregada a lo que habían acordado tener, otras la notaba distante y otras totalmente enamorada.
Seis meses después de comenzar con ella fue a verla para hablar. Sabía que Ester quería más de lo que él podía darle y debía darle la oportunidad de decidir sabiendo a qué se enfrentaba. Salió de aquella casa con el corazón roto por la ruptura, le había hecho daño y se sentía mal por ello, tendría que aprender a determinar cuando había llegado el momento de dejar a la amante de turno sin hacerle daño, porque no quería volver a tener que quitarse las ganas con cualquiera y terminar teniendo mal sexo.
Dos días después de dejarle Ester le llamó, según ella había comprendido lo que había entre ellos y de momento no lo quería perder. Él aceptó y la dejó hacer, ella volvió totalmente convencida de que se le pasaría y unos meses después se le pasó.
Enzo sabía que veía a otro chico a la vez que él, pero no le importaba. A veces la veía feliz y se sentía celoso porque sabía que no era él quien había provocado aquella felicidad; pensaba que le gustaría hacerla feliz, pero mientras no pudiera entregarse totalmente a otra persona, era una tontería intentarlo.
Unos meses después le preguntó y ella se lo contó todo, hacía tres meses que veía a otro y al parecer el chico sabía que ella había estado viéndole, pero no sabía que tenían sexo. Le había contado que era una relación inacabada y que se veían de vez en cuando para ir soltando lastre y el chico le había dicho que estaba dispuesto a esperarla. Cuando ella dijo el nombre de aquel chico Enzo creyó alucinar ¿Por qué Leví no le había dicho nada?
Aquel día decidió que ya no vería más a Ester, ella aceptó. Enzo pensó que tal vez Leví no la había relacionado con él, lo mejor era preguntarle y ser sincero con él.
Recordar a Ester le llevó al día que fue a hablar con Leví. Estaba totalmente convencido de que era él quien debía pedirle perdón, si ella no le había contado que se acostaban no se lo diría, pero debía decirle que era a él a quien veía.
Se plantó en casa de su amigo, soltó su discurso, le pidió disculpas y le prometió que todo lo que había con ella se había terminado para siempre.
Por un momento Leví pensó que lo mejor era aceptar la versión de Enzo y zanjar aquel tema de una vez, pero cuando vio el gesto de su amigo comprendió que lo mejor era ser sincero.
Leví conoció a Ester en un bar y había pasado varias horas allí con ella y sus amigas, terminó acompañándolas hasta casi la hora de la cena y se marchó a su casa. Se había pasado casi todo el tiempo hablando con ella, le gustaba, era guapa y simpática. Cuando se despidió de ella decidió correr el riesgo y le pidió su número de teléfono, se sintió tremendamente feliz cuando ella se lo dio y le pidió que le hiciera una llamada perdida para guardar su teléfono.
La siguiente semana quedaron a comer y el fin de semana ella le invitó a ir a su casa. Cuando llegó a la habitación de la chica y vio la figura que había sobre la mesita comprendió quién era, pero no le importó, era ella quien tenía que elegir y estaba dispuesto a aceptar su decisión.
Enzo alucinó cuando comprendió que su amigo llevaba más de tres meses saliendo con ella y no le había dicho nada. Leví sabía desde el principio quién era Ester y ni siquiera se lo había contado, ni le había preguntado qué sentía él por Ester. Nada. Cuando Enzo le preguntó por qué no se lo había contado Leví le dijo que durante mucho tiempo no había tenido claro lo que quería de ella y que por eso había obviado el tema, por evitar la confrontación; cuando descubrió que quería estar con ella le había dado miedo, tanto por él, como de perderla.
Enzo no supo comprenderlo, para él aquella mentira era una traición, no por Ester si no por ellos mismos. Eso era lo que no le había podido perdonar, aunque su amigo insistiera en que estaba enfadado porque también la quería.
Hacía dos meses, en el aniversario de Leví y Esther, habían discutido por una tontería que terminó sacando todo cuanto tenían que reprocharse y desde entonces no habían vuelto a hablar.
Adán le echó la charla, que terminó con un «haz lo que te dé la gana, ya eres mayorcito». Isabel le insistía más, solía darle toques de atención casi con todo y él obedecía como un buen hijo.
Conoció a Isabel con diecisiete años, entre la asistente social y la familia de acogida le habían buscado un trabajo en el que ganar lo suficiente para poder independizarse y continuar estudiando. Le habían buscado una habitación de alquiler en un piso con un estudiante más. Enzo aceptó de buena gana, era una forma de empezar a hacer su vida.
Le sorprendió que la dueña del piso también viviera allí, pero pensó que siempre tendría tiempo de buscar otro sitio donde vivir.
Aquella mujer le había mirado de forma extraña desde el primer día, tenía treinta y ocho años, la misma edad que él en aquel momento, y según le contó su compañero de piso tenía un novio o una novia a la que apenas veía.
Poco a poco Isabel se fue acercando a él, echándole mucha paciencia a la situación, procurando que el chico no se desviara del trabajo y los estudios y permaneciera centrado en labrarse un buen futuro. Hasta que, dos años después de su llegada, un día llegó a aquella casa y en cuanto entró en el salón Isabel se puso de pie mirándole, se acercó a él y le abrazó. Enzo lloró como un niño.
Cuando le notó más tranquilo le indicó que tomara asiento en el sofá y fue a la cocina mientras él se sentaba suspirando. Isabel volvió con unos vasos y una botella de agua, volvió a marcharse y regresó con unos vasos de chupito, un limón, una naranja y sal. Lo dejó todo en la mesa de centro y se acercó a uno de los muebles para sacar una botella de tequila.
Se bebieron un par de chupitos sin hablar, mirándose, intentando descubrir cómo hablar con el otro, hasta que ella rompió el silencio.
Puedes contarme lo que quieras, cuando quieras. Sólo te escucharé, ni te juzgaré ni te daré mi opinión si no la pides, pero no puedes guardártelo todo, algún día un tropiezo de estos te hará caer en un profundo pozo, del que es muy difícil salir.
Imagino que tú ya has estado en ese pozo – se oyó decir a la profunda voz de Enzo.
Lo estuve, sí. Me ha costado cinco años salir de él y cuando lo conseguí me di cuenta de que lo había perdido todo.
Tuviste que empezar de nuevo.
Cuando comprendí lo que pasaba y decidí vivir… han sido años complicados, llenos de aventuras y situaciones y gente bonita, pero también lleno de culpas y miserias varias. Y me ha costado muchas, muchas horas de psicólogo.
Yo soy así, aunque no quiero. No sé si me pasa algo que una buena terapia pueda arreglar o que tengo algo roto en el cerebro. También llevo muchas horas de psicólogo encima y me han ayudado mucho, el resultado es casi el mismo, un poco más pacífico que hace unos años, pero soy un capullo insensible que pasa de los demás. Tal vez soy un sociópata.
Ya te lo habrían diagnosticado, seguro que has pedido más de una opinión.
Cinco, diferentes sexos, edades y religiones.
Vaya – dijo ella alucinada – entonces eres un experto en la materia.
Algo se me ha quedado – dijo él sonriendo.
Me gusta verte sonreír y me gusta que seamos amigos.
Ya veremos ¿otro chupito?
A partir de ahí centraron su conversación en la psicología, de la que hablaban entre chupitos y vasos de agua. El tiempo comenzó a pasar y su relación iba cambiando según iban cumpliendo años. Enzo cumplió los diecinueve sintiéndose bien en aquella casa y con Adán como vecino de habitación. Cumplió los veinte sintiendo que de verdad Isabel y Adán eran sus amigos, sus primeros amigos de verdad. Y cumplió los veintiuno, los veintidós, los veintitrés, terminó la carrera, hizo un máster y cuando todo terminó y tanto Adán como él se enfrentaban a un nuevo cambio en el que debían madurar, decidieron hacer un viaje los tres.
En aquel viaje Isabel cambió su rol entre ellos y se convirtió en una guía, un apoyo, una conciencia, en el centro del amor incondicional. Lo vieron en sus ojos volviendo un día al hotel, los chicos bromeaban sobre lo que harían al día siguiente entre risas, con la mujer en el centro agarrando sus brazos. Ella se paró, les soltó para que se situaran juntos, les miró de frente y puso una mano en la mejilla de cada chico. No tuvo que decir nada, con aquella mirada, con la caricia en sus mejillas, lo supieron; en el beso que los dos le dieron, a la vez, aceptaron todo lo que ella podía ofrecerles y aquel gesto les convirtió en hermanos.
Enzo nunca había tenido familia, siempre había pensado que esa situación le condenaba a estar solo, pero tenía una madre y un hermano, se sintió el hombre más feliz del mundo.
La vuelta a la realidad les llevó a varias locuras con el tema laboral, pero sabían que debían tener paciencia e ir poco a poco. Con treinta años aún vivían los dos con Isabel y ninguno quería marcharse por más que ella les pedía que lo hicieran. Cuando se cansaba de ellos se iba unos días a casa de su pareja, pero siempre volvía con más ganas de sus chicos.
Todo fue casi perfecto durante cinco años, después Enzo sufrió una crisis, compró una cabaña en la sierra y se marchó.
Hacía un año que había vuelto, tras dos perdido en su propia oscuridad, y descubrió que nada había cambiado, su hermano y su madre se alegraron de su vuelta y el trabajo le estaba esperando. La única condición que le pusieron fue que si algo así se repetía tendría que tener preparado a alguien que ocupara su lugar durante el tiempo que él pasara perdido y en ello estaba, pero no estaba resultando fácil.
Se habían marcado el plazo de dos años porque querían hacer otras cosas y eso significaría que estarían menos tiempo por allí, así como nuevas responsabilidades para Enzo. Después de eso no podía dejarles tirados otra vez, pero tanta tensión estaba superándole, convirtiéndolo todo en un mal momento.
Cuando Isabel llamó a su puerta de nuevo, él ya guardaba sus cosas en el maletín y, en voz alta, le decía «voy». Estaría bien comer en casa de Adán y ver a los niños, hacía once meses que habían nacido los gemelos.
Enzo llegó a su casa con una sensación extraña, no aguantaría los seis meses que Isabel le había pedido, al final terminaría metiendo la pata.
Llevaba dos días dándole vueltas al tema de Leví, el jueves decidió enviarle un mensaje, tomarían café para acercar posturas y de paso hablarían sobre la fiesta.
Pensaba que podía darle otra oportunidad, pero sabía que esa oportunidad no sería del todo completa y sincera, aunque todo dependía de la actitud que Leví tuviera. Podía mantenerlo en su vida, pero permanecer un poco más distante de lo habitual.
Una de las cosas que daba vueltas en su cabeza era Esther, la había observado durante meses y reconocía que no la conocía bien, pero en ocasiones dudaba de los motivos que ella tenía para estar con Leví ¿Y si se había acercado a su amigo para permanecer cerca de él? ¿Y si Esther no quería a Leví y su relación salía mal? ¿Le haría culpable su amigo de lo que ocurriera? Si realmente había sido una casualidad de la vida no tenía problema, la chica le caía bien y hasta le gustaba para su amigo, pero era incapaz de olvidar que había estado loca por él.
Después pensó en eso que Esther había creído sentir por él, probablemente la mujer se había enamorado de la idea que se había hecho sobre él. Él apenas contaba nada de su vida a nadie, no expresaba su opinión sobre nada, ni se dejaba llevar ¿De quién se había enamorado Esther si no le conocía? Siempre le había dicho que le encantaba que fuese un chico misterioso y callado ¿y si era eso lo que le gustaba y no él?
Suspiró antes de coger el teléfono y enviar el mensaje a Leví. Tecleó su texto y lo envió «Hola, si no tienes nada que hacer esta tarde podríamos tomarnos un café y hablar sobre la fiesta y otros temas». Unos minutos después Leví le contestaba, «Hola, perfecto, nos vemos a las seis en la cafetería de siempre».
Enzo leyó el mensaje y volvió a suspirar, llevaba toda la semana entre suspiros, intentando parar el torbellino de sus pensamientos, procurando dejar que los acontecimientos sucedieran sin más, sin meditarlos, sin controlarlos.
La mañana pasó sin sobresaltos, no tenía ganas de hacer mucho, así que se dedicó a revisar los portales donde Isabel había puesto el anuncio buscando personal. No había nada.
Fue a casa de la que era como su madre a comer para contarle que vería a Leví aquella tarde, la mujer se alegró y le pidió un poco de paciencia, pero él creía que no la tendría.
A las seis menos cinco entraba en el bar de costumbre, Leví ya estaba allí, sentado en la barra hablando con el camarero.
Siempre iban a los mismos lugares por su culpa, a él no le gustaba estar en lugares donde hubiera mucha gente y aquella cafetería era perfecta, el local era grande y les permitía tener intimidad. También debía agradecer a sus amigos que siempre se conformaran.
El camarero le vio e hizo un gesto a Leví, sabía que la cosa entre los chicos no estaba bien y le avisó para que se preparara. El joven miró hacia atrás y sonrió al ver al grandullón, suplicando mentalmente que todo se arreglara. Levantó el brazo para saludarle y asintió cuando Enzo le indicó que iba a la mesa, se volvió para pedir sus cafés al camarero y se acercó a su amigo a paso ligero.
Leví tomó asiento frente a él e intentó mantener la sonrisa, esperándose cualquier cosa. El camarero llegó con los cafés, los dejó en la mesa y Enzo lo soltó de pronto.
¿La quieres?
Sí – contestó Leví desafiante.
¿Y ella a ti?
Dice que sí. Siento haberte mentido y no haberte pedido disculpas cuando lo descubriste.
Leví yo… no me importa que estés con ella, de verdad, si os va bien me alegro porque te mereces ser feliz, pero todo tiene un coste.
Lo sé y sé que actué mal, pero he aprendido la lección, no quiero perderte Enzo, no quiero salir de vuestras vidas y sin ti pierdo lo demás. Sois un pack, no puedo enfadarme con ninguno de vosotros si no quiero perder a los demás.
¿Te pregunta sobre mí?
No ¿por qué? – preguntó extrañado.
Yo creía que estaba enamorada de mí y la dejé, ella volvió y acepté, así que temo que de alguna manera nos haya relacionado y esté contigo por mí.
También yo lo he pensado, lo he hablado con ella y dice que es cierto que creía estar enamorada de ti, pero que comprendió que no estaba llegando donde quería contigo y después me conoció a mí, ya sabes que soy un don Juan…
Sin bromas Leví.
Está bien – dijo poniéndose serio – que esté conmigo por estar cerca de ti es una posibilidad, pero tendremos que descubrirlo. Sé que no la quieres y que por mucho que ella haga no tiene posibilidades, si está enamorada de mí perfecto y si está conmigo por ti… se acabará, me ayudarás a superar la ruptura y listo. No voy a permitir que una mujer nos separe.
Ya – dijo Enzo sonriendo – dos mensajes diarios y darle la lata a Isabel lo dejan claro.
Bueno… ya sabes cómo es.
Bien, continuemos, pero dame tiempo, no me fiaré de ella hasta tenerlo muy claro.
Lo sé, no hay problema.
¿Va a invitar a alguien a la fiesta?
No, había pensado invitar a mi familia, pero paso ¿Son con acompañante?
Sí.
Entonces necesitaré dos, una para mí y Esther y otra para que ella se la de a una amiga suya. No quiero que termine aburrida y dándonos la lata, si alguna amiga va estará menos tensa.
Entiendo, mañana te las doy. Isabel y yo iremos a comer a su casa con Adán, vente y así las recoges.
Perfecto – dijo contento – ¿qué habéis organizado?
Nada fuera de lo normal, recepción, discurso, brindis, fiesta y cena, pero a la cena no irá todo el mundo.
Bueno, suficiente, si nos quedamos con ganas de más nos metemos en cualquier discoteca cercana y la liamos.
Ya no tenemos edad ¿no?
Que sí tonto, si nos pasamos decimos que somos un grupo de recién divorciados y nadie nos juzgará – dijo Leví divertido.
Sin duda eres el alma de la fiesta.
Claro amigo, tengo que compensar tu seriedad, aunque cuando te sueltas casi estás a la altura. ¿Tienes algo que hacer después?
No, irme a casa y vaguear.
¿Quieres que vayamos al cine? Hay un centro comercial aquí cerca y hace una semana que quiero ver una peli.
¿Por qué no has ido con Esther?
Porque es de las que te gusta y esperaba que esto sucediera antes.
Está bien, vayamos al cine.
En cuanto se terminaron el café se marcharon al centro comercial, Enzo no tenía muchas ganas de encerrarse en un cine, pero si Leví había esperado una semana porque la película era de las que le gustaban a él… acompañarle era lo menos que podía hacer.
Cuando la película terminó los dos se sentían más relajados, decidieron pasear mientras Leví le ponía al día de sus jaleos laborales y terminaron cenando en una pizzería que encontraron en su paseo.
Enzo llegó tranquilo a su casa, sabía que aún quedaban momentos difíciles que pasar con Leví, pero mientras Esther tuviera las cosas claras podrían sacar la situación adelante. Durante un instante la cabaña llegó a su mente y desechó la idea al instante, no debía esconderse, tenía que pensar en su familia, en que se perdería las primeras veces de sus «sobrinos», en todo lo que dejaría atrás. Era hora de tener paciencia y ser fuerte, como le habían enseñado.
Leví llegó a su casa con aquel tonto pensamiento en su mente, había hablado varias veces con Esther de aquello y ella siempre le había dicho que no sentía nada por Enzo, pero conocía el efecto que Enzo tenía sobre las mujeres y estaba claro que él no podía competir con su amigo en ciertas cuestiones. La discusión que había tenido con Enzo dos meses antes había sido precisamente por eso, él quería que Esther formara parte de la vida de su amigo como su pareja, pero Enzo no estaba dispuesto a darle la oportunidad.
En aquel momento, con la oportunidad a las puertas, sintió miedo, se estaba enamorando perdidamente de aquella chica sensata y serena y no quería perderla. Si con Enzo todo iba bien el problema estaría solucionado, si teniendo contacto entre ellos las cosas se complicaban tenía claro que la dejaría… a no ser que descubrieran que eran el uno el amor de la vida del otro, en ese caso le propondría irse lejos, lo más lejos posible de Enzo.
El joven se debatía entre una y otra idea, sin llegar nunca a ninguna conclusión. Tal vez la fiesta fuese la prueba de fuego, tanto para su relación con Enzo como para su relación con Esther.
Estaba sentado en el sofá, se incorporó un poco y buscó el teléfono móvil en la mesa, lo cogió y marcó el número de su novia.
¡Hola cariño! ¿Qué tal ha ido? – preguntó Esther preocupada.
Hola cielo, bien, todo ha quedado arreglado. Mañana iré a comer con ellos a casa de Isabel, he de recoger las invitaciones a la fiesta de la semana que viene.
¿Iremos?
Claro, le he pedido otra para que invites a quien quieras, así no estarás sola con nosotros.
Gracias amor, eres un cielo.
En realidad es porque no quiero que te aburras y termines dando la lata.
Tonto
Sí, un poco, pero soy tu tonto preferido.
Sin duda – dijo ella riendo.
La fiesta será de noche y es de etiqueta, así que ya puedes ir buscándote un vestido de fiesta asombroso que les deje a todos con la boca abierta ¿A quién invitarás?
No sé, se lo diré a Judit y Ander.
Vale, me acerco mañana a tu casa cuando salga de casa de Isabel.
Como quieras, pero si te vas a liar me avisas, a veces vas a tomar café y apareces al día siguiente contando las maravillas que habéis hecho por ahí los tres.
Bueno, ya sabes que desde que nacieron los gemelos Adán está más tranquilo, no creo que tengamos muchas juergas nocturnas.
Da igual, os liais igual durante el día. Bueno, dame las buenas noches que ya es tarde y mañana tenemos que madrugar.
Buenas noches amor.
Buenas noches – contestó ella contenta.
Leví se metió en la cama satisfecho, esperando que todo saliera bien. [...]
Imagino mi futuro y allí estás tú, a mi lado, acariciándome.
Visualizo mi vida, lo que quiero que sea, como quiero que sea, y sin duda allí estás tú, junto a mí, mirándome.
En lo que hago, en lo que espero, en lo que digo… en lo que siento estás tú.
Siempre tú.
Porque ya no quiero nada si no lo comparto contigo. Porque ya sólo puedo amarte a ti, sentirte a ti, pensarte a ti.
Nada puede evitar el torbellino de mis sentimientos ni la reacción de mi piel ante tus manos. Nada puede evitar que te ame, que te siga amando siempre.
Mi vida es ahora tuya y hago mía la que me ofreces. Ahora estoy en ti, tú estás en mí. No hay nada más, no quiero más.
Eres tú, tú amor, lo que da sentido a mi vida. Y si naciera mil veces el único sentido de las mil vidas serías tú.
Siempre tú.
15 de marzo del 2002 [...]
Me pides que haga realidad un sueño que no comparto contigo.
Quieres que mis labios de fuego abrasen los tuyos en un beso, pero mi boca está fría.
Quieres que ericen tu piel mis caricias de terciopelo, pero mis manos no buscan tu cuerpo.
Anhelas el amor de unos ojos que no pueden mirarte más allá del cariño, la pasión de un corazón que, aunque lo siente, no puede darte nada.
Buscas amor en mí y sólo encuentras fantasmas.
29 de Noviembre de 1999 [...]
Capítulo A. El inicio (Jon)
Es cierto que la vida te enseña cosas y que aprendemos si nos apetece, generalmente por interés. Mi nombre es Jon y yo antes era así… bueno, os pondré de ejemplo una llamada telefónica que no olvidaré en mi vida, más que nada por el remordimiento de conciencia que me produjo la mirada de reproche de una persona a la que acababa de conocer.
Vaya por delante que me creía el ombligo del mundo, nadie era como yo, nadie mejor que yo, ni tan guapo, ni tan irresistible… Estaba en casa de una amiga de mi hermana, era la primera vez que veía a aquella chica, había acudido a la cena sin ganas, pero mi hermana había insistido en que debía conocerla y acepté ir. Fue el día antes de mi cumpleaños.
Hablábamos sobre las llamadas telefónicas, yo había recibido tres en un rato y terminamos hablando sobre lo que gastábamos de teléfono, total, que como esa chica y yo teníamos la misma compañía decidí llamar y cambiar mi tarifa, ella llamaba más que yo y por el contrario pagaba menos. Así que tras la presentación de la teleoperadora de turno comenzó el dilema.
Dígame su nombre señor.
Jon.
De acuerdo señor «Yon» si me dice su número de teléfono podré acceder a su ficha y comprobar si puede acogerse a esa tarifa.
Bien, es 645454545 ¿lo tiene?
Sí, espere un momento por favor.
Sí.
Señor, me ha dicho que su nombre en «Yon» ¿podría deletrearlo por favor?
Sí claro, es J, o, n.
Entonces su nombre es «Jon» – dijo la chica pronunciándolo con J.
«Jon» no, se pronuncia «Yon»
Bien señor «Jon» sí que puede acogerse a esa tarifa.
Pues quiero que me la ponga.
Un momento por favor… ¿Señor «Jon»?
Yon – dije corrigiendo de nuevo la pronunciación de la chica – dígame.
Le informo que en 24 horas tendrá la tarifa activa, aun así recibirá un mensaje de confirmación.
Gracias.
¿Alguna otra consulta señor «Jon»?
No, pero mi nombre se pronuncia Yon, no Jon.
Entiendo señor, antes pensaba que había algún error en su ficha, por eso le pedí que me deletreara su nombre.
Entiendo por qué está usted trabajando ahí, está claro que su inteligencia no da para más. Aun así gracias por haber llegado hasta mis datos, espero que la tarifa que me ha aplicado sea la correcta.
Sin esperar a que la chica pudiera defenderse colgué. Dejé el teléfono sobre la mesa y miré a las chicas. No podría describir la mirada de Mar, nunca, nadie, me había mirado así, por eso le pregunté.
¿Pasa algo?
Bueno, no te conozco mucho, pero conociendo a tu hermana pensé que eras de otra manera.
¿Por? – pregunté sin comprender.
¿Te ha reportado algo insultar a esa chica?
Seguro que es una extranjera, sólo vienen los tontos.
Obviaré que has hecho ese comentario, no puedo creer que hayas dicho eso – dijo mirándome con cara extraña.
¿Estás a favor de la inmigración ilegal?
Imagino que si está trabajando, en caso de que no sea de aquí, será porque es una inmigrante legal, pero esa no es la cuestión, es una persona y se merece que la traten como tal ¿qué te hace más inteligente que ella?
Si sólo con un nombre ya mete la pata no quiero imaginarme cómo hará lo demás.
Tal vez en su país de origen tu nombre se pronuncie de otra manera, tal vez es su primer día, tal vez… ¿Cuánta gente ha escrito bien tu nombre?
Casi todo el mundo pregunta y da por hecho que es en inglés.
¿Y tus amigos?
Pasa lo mismo con ellos.
Entonces perdona que te diga, pero el que se rodea de tontos…
Mis amigos no son tontos.
No lo dudo, pero no son perfectos. Es lo mismo que conozcas o no a la persona que comete el error.
No es lo mismo.
Vale, imagino que además las cosas son como tú las quieres ver.
Son como son – dije altivo.
Ya, está quedando muy claro.
¿Y tus padres? – preguntó mi hermana cambiando de tema.
Se han ido a la playa, llegarán el domingo.
Nosotros nos vamos a pasar el fin de semana a la playa, todo el grupo, celebraremos el cumpleaños de mi hermano, que es mañana ¿te vienes?
No gracias, no me apetece.
Mar, me gustaría que vinieras – dijo mi hermana entristecida.
Tal vez os vea en otra ocasión, no me apetece, de verdad.
Estaba claro que no le apetecía por mí, sobre todo por cómo continuaba mirándome. Durante un rato hablamos de otra cosa, a veces ella me miraba molesta, como si yo no le cayera bien. De pronto me vi con la necesidad de explicarme, lo intenté, pero a la primera me cortó.
Mar, lo de antes… yo no soy racista.
No hace falta que me des explicaciones.
Pero quiero dártelas.
No quieres darme explicaciones, quieres justificar que te has comportado como un estúpido y ahora te remuerde la conciencia, a mí no me debes ni explicaciones ni disculpas – dijo algo enfadada.
No te enfades – supliqué con la voz.
No estoy enfadada, estoy decepcionada.
Bueno, no era que me alegrara, decepción sonaba peor que enfado. Tras otro par de horas, que resultaron más tensas de lo necesario, llegué a casa con el convencimiento de que aquella era la tía más gilipollas que había conocido en mi vida.
Fui a la cocina con mi hermana, bebimos agua y se lo dije.
Perdona lo que te voy a decir Tamara, pero tu amiga es gilipollas.
¿Qué tiene ella? – preguntó Tamara sonriendo.
La verdad es que no sé cómo puedes ser amiga de esa tía.
¿Por? A mí me parece fantástica, llevo tres años trabajando con ella y es la mejor persona que he conocido nunca, con el tiempo se ha convertido en una de mis mejores amigas.
Tal vez tenga un problema psicológico con los tíos – dije buscando una explicación que cuadrara en mi rara mente.
Tal vez sea que estás acostumbrado a que las chicas beban los vientos por ti y te miren con cara de tontas y esta chica… sólo ha tenido que mirarte y sin decirte nada ya te has arrepentido de tu actitud ¿qué tiene ella?
No tiene nada, es una capulla por muy amiga tuya que sea.
Eres un niñato hermanito, espero que ella sea la horma de tus zapatos.
¿Crees que podría gustarme una chica así?
Puede ser, de una manera u otra todo el mundo termina queriendo a Mar.
Pues yo paso.
Es inevitable.
¿Por? – pregunté con interés.
Es una chica buena, que siempre está dispuesta a ayudar a los demás, no es tonta, conoce a la gente y ayuda a quien sea cuanto puede, como puede, es humanitaria, simpática…
¡Algún defecto tiene que tener! – dije pensando que la estaba poniendo por las nubes.
Supongo que muchos, pero en ella no cuentan.
Seguro que no es para tanto.
Ya la conocerás – dijo como si fuera una advertencia.
¿Va a salir con nosotros?
Eso intento, al parecer tiene un par de amigas que se han echado novio y hace tiempo que no sale, así que le he propuesto que salga con nosotros.
En fin, uno más no se notará.
Sabes que se notará, es atractiva y sabes cómo son tus amigos.
Comprendí la sonrisa de mi hermana, mi cara debió ser el espejo de mis pensamientos, conocía de sobra a mis amigos y sabía cuál sería la actitud que tendrían en cuanto la vieran. En realidad yo estaba esperando que llegara el momento para que todo comenzara. La esperaba el siguiente sábado, pero la sorpresa llegó el viernes.
Yo estaba en el bar de costumbre de los viernes, con los tres amigos con los que siempre salía. Andrés ya tenía novia, Carolina, los otros dos, Jorge y Santiago, eran tan solteros como yo, el grupo lo completaba mi hermana, un año menor que yo. Aquel día llegó con su sorpresa, Mar.
La verdad era que no me la esperaba, imagino que mi hermana debió ponerse muy pesada para que Mar aceptara salir con nosotros. Jorge se puso de pie en cuanto la vio, mientras comentaba lo buena que estaba la chica con la que llegaba mi hermana. Yo no me levanté para saludarla y ella tampoco puso mucho interés en hacerlo, me dijo hola con la mano y se dispuso a conocer al resto del grupo. No presté mucha atención, fue lo típico, mi hermana los presentaba y se daban dos besos, como hizo conmigo el día que fui a su casa.
Los chicos insistieron en que ella se sentara entre ellos, ella aceptó y yo me moví incómodo en mi silla, ¿qué me importaba que ella se sentara entre mis amigos? Pensé que no me apetecía que se sentara a mi lado, en realidad no me apetecía que ella estuviera allí, pero debía aguantarme.
Nos pasamos la noche hablando de ella, con mis amigos babeando, mirándola como si fuese una diosa. No estaba mal, pero tampoco era para tanto. A pesar de todo entendía su babeo, yo también me la había imaginado desnuda unos días antes. Apenas hablé aquel día, no me gustaba que toda la conversación se centrara en ella y los demás parecían dispuestos a sacarle hasta la última información que pudieran sacarle.
Mientras mis amigos lo pasaban de miedo, yo me sumía en mis pensamientos, me fijaba en cómo la miraban, algo nuevo a lo que agarrarse, sangre nueva que probar. No entendía sus risas, me resultaron falsas; a veces Carolina la miraba de forma extraña, supongo que celosa porque Andrés le prestaba demasiada atención a la nueva. Estaba deseando que la noche acabara, quería volver a casa y pasar página.
Pasé la semana como siempre, entregado al trabajo, huyendo de mi familia. Llevaba años así, intentando vivir mi vida en solitario. Les quería, eran mi familia, pero a mí siempre me apetecía estar solo, siempre estaba de mal humor y casi siempre lo achacaba al cansancio o el trabajo. Ellos siempre me dejaban tranquilo, sobre todo cuando comprendían que tenía un mal día. Mi hermana solía darme un poco más la lata y yo intentaba portarme bien con ella, pero algunos días la ansiedad podía conmigo y me revelaba contra ella, tratándola relativamente mal.
Llegó el fin de semana, estaba deseando salir y despejarme. Quedamos en el lugar de siempre, la puerta del parque que había en el centro del barrio. Era una noche calurosa, agosto estaba resultando demasiado caluroso. Vi su figura de lejos, se acercaba a nosotros a paso lento, se paró en una ocasión para ponerse bien las sandalias, noté un escalofrío cuando observé su ropa, camiseta de tirantes pegada al cuerpo, pantalón corto, muy corto… llevaba el pelo suelto, pero antes de llegar a nuestro lado puso cara de agobio y lo recogió en su nuca con una goma para el pelo que llevaba en la muñeca. No dejé de mirarla hasta que estuvo lo suficientemente cerca como para que la fuerza de mi mirada la atravesara. Ella me miró, me saludó con la mano mientras decía «hola Jon» y después saludó al resto. No comprendí por qué a los chicos les daba un beso en la mejilla y a mí me hacía un gesto y punto, aquello rondó en mi cabeza toda la noche.
Decidimos ir a un lugar tranquilo, pensando que en la discoteca pasaríamos calor, nos acomodamos en la terraza de un pub y allí pasamos la velada. Aquel día fue diferente, no sé si por mi parte o por la suya, pero la noté diferente, no es que yo hablara mucho, toda su atención la acaparaban mis amigos, pero noté que ella me miraba a menudo, no supe por qué, unas veces me miraba sonriendo y otras lo hacía con gesto serio. Casi al final, cuando ya estábamos dudando si irnos o quedarnos más tiempo, a mí me dio por intervenir en las conversaciones de mis amigos. Volvimos a casa una hora después.
Aquellas dos semanas fueron horribles, yo estaba deseando que llegara el fin de semana, me agobiaba en el trabajo intentando averiguar qué pasaba por la cabeza de Mar, quería descifrar cada una de sus miradas y, bueno, nunca se me había dado bien conocer a la gente. El fin de semana llegó, hacía un mes que la conocía y las cosas cambiaron.
Ese viernes habíamos quedado directamente en el bar y yo llegaba tarde. Les vi en cuanto llegué a la puerta, Mar estaba sentada entre Jorge y Santiago, estaba sentada en una silla, con la espalda recta y los hombros tensos, contestaba a una de las preguntas de Jorge y después miraba a mi hermana, no me gustó aquella mirada.
No sé por qué sentí aquel impulso, ni qué pretendía yo con aquello, pero lo hice. Me acerqué a mis amigos y directamente me dirigí a ella, mientras decía hola a todos en voz alta, me acerqué a Mar y llamé su atención poniendo mi mano en su hombro, ella me miró, sonrió y yo le di dos besos. Después miré a Jorge, como si tuviera algo importante que decirle.
Jorge, quería hablar contigo una cosa…
Siéntate aquí – dijo Mar levantándose – yo me voy a cotillear un rato con tu hermana.
Vale – dije pensando que eso era lo que ella quería.
Cuando me miró noté el alivio en su rostro, la arruga de su frente se estiró y se ruborizó cuando nuestros ojos se encontraron. Tal y como yo había supuesto ella no estaba cómoda allí. Hasta ahí todo había sido fácil, con una sola frase había apartado a Mar de lo que la molestaba, pero… ¿Qué podía decir a Jorge? ¿Qué podía ser tan importante como para haberle dicho aquello? E hice lo que se me ocurrió.
¿Qué quieres hablar conmigo? – preguntó mi amigo extrañado mientras yo me sentaba a su lado.
Pues verás, hace tiempo que no… ya sabes, necesito salir, ligar y esas cosas de tíos.
¡Vaya!
Si os parece – dije mirando a Santiago – podemos dejar a la parejita y a las chicas aquí y nos vamos los tres de ligoteo.
¡Me apunto! – dijo Santiago.
No sé – comenzó a decir Jorge – no creo que dejar a las chicas…
Venga, hazlo por mí – dije casi suplicando.
Comprendí que aceptaba cuando le vi sonreír y contento me dirigí al resto.
Bueno, nosotros hemos decidido marcharnos, hoy saldremos los chicos solos.
¿A ligar? – preguntó Tamara.
A lo que surja – dije yo en tono áspero.
Vale, vosotros mismos…
Miré a Mar sin aflojar mi sonrisa, ella me miraba con gesto duro, entre sus cejas se había formado una arruga que denotaba su disconformidad, miró un segundo a Jorge y apartó la vista hacia mi hermana. Después su inquisidora mirada me fulminó, me hizo sentir pequeño, noté cómo me hundía en aquella silla… pero los pensamientos cambiaron rápidamente en mi mente ¿por qué tenía que sentirme mal? ¿Por qué sentía que aquella mirada no era buena? ¿Por qué debía preocuparme lo que ella pensara de mí?
Mar se levantó enfadada, nos deseó que lo pasáramos bien y se alejó con la excusa de ir al baño, yo aproveché su ausencia para apremiar a mis amigos y nos fuimos. La noche resultó interesante… notaba algo extraño en la boca de mi estómago y por más chicas que veía no me llamó la atención ninguna, intenté relacionar mi desánimo con Mar, pero no veía una conexión clara, hasta que vi como miraba una chica a Jorge y caí en que tal vez su repentino mal humor se debía a mi amigo. Caí en la cuenta, a Mar le gustaba Jorge, por eso me había mirado así, era yo quien le había convencido para salir sin ella y eso mermaba sus posibilidades. Creí que mi descubrimiento me haría sentir mejor, pero la sensación extraña en mi estómago se acentuó y me acompañó durante toda la semana. Por su puesto aquella noche me fui a casa sin «pillar nada», no estaba de humor.
Septiembre comenzó aquel martes y yo deseé que las cosas cambiaran, no sabía qué debía cambiar exactamente, pero algo debía cambiar.
Volvía a llegar tarde, en las últimas semanas los viernes quedábamos directamente en el bar que fuera y yo llegaba tarde, esa vez Mar estaba entre Jorge y mi hermana, al parecer Santiago aún no había llegado. De nuevo su espalda estaba completamente erguida y los hombros tensos, por alguna razón aquella postura no me gustaba, me fijé en sus manos, tenía los dedos entrelazados, con una mano pegada a la otra, dispuestas con cuidado sobre su regazo, después miré más abajo… sus pies estaban apoyados en el suelo como si fuera a ponerse en pie, como si los tuviera preparados para salir corriendo en cualquier momento. Me senté en una de las sillas libres tras saludar en voz alta y clavé mis ojos en ella, noté cómo los músculos de su cara se relajaban y sus hombros bajaban apenas unos milímetros. Me sonrió nerviosa y centró su atención en mi hermana. Supuse que sería un día como otro cualquiera, en el que los dos nos ignoraríamos mutuamente, pero ella, de nuevo, me sorprendió. Primero cuando Santiago llegó, mi amigo se dirigió a ella y le dio un beso en la mejilla, cuando se ponía derecho la miró sonriendo.
¿Has visto Mar? – dijo él orgulloso.
Sí, me alegra.
Sólo uno – dijo el chico contento.
¿Para qué darnos dos? Somos amigos.
No entendí y miré a mi hermana, estaba perdido en aquella conversación. Fue Andrés quien me sacó de dudas.
Como últimamente siempre llegas tarde hay cosas que te pierdes, ella siempre nos saluda con un beso en la mejilla y los chicos parecen no acostumbrarse, así que siempre van a darle dos y ella sonríe y se aparta. Dice que a la gente que le gusta prefiere darle un beso, que para ella es más íntimo hacerlo así.
Ya – dije como si no me importara.
Pero en realidad sí me importaba, a mí nunca me daba ni un beso, ni dos, ni nada ¿Por qué? Después llegó la segunda sorpresa, yo pensaba que como siempre me ignoraría, pero aquel día parecía extrañamente dispuesta a crear algún tipo de disputa entre nosotros. Achaqué aquella faceta de su personalidad a que ya había perdido la vergüenza. A cada una de mis ironías ella contestaba con otra y en la mayoría de los casos lograba dejarme en evidencia.
No era que lo estuviera pasando mal, no era que la situación no fuera de mi agrado, era que había descubierto que aquella mujer era capaz de irritarme hasta el infinito. Me pasé todo el tiempo tenso, esperando alguno de sus afilados comentarios cada vez que yo hablaba y siempre, siempre, me encontraba con alguno. Odié su voz, su sonrisa, todo. Llegué a casa odiando a aquella estúpida mujer y lo peor fue que el sábado, estando en la puerta del parque, ella apareció otra vez, por lo que me temí más de lo mismo. Pocas veces conseguíamos tener una conversación seria o decente, pero esas pocas veces me gustó hablar con ella. Aquel día estaba claro que ella tenía ganas de aguarme el día con su afilada lengua.
Afortunadamente decidimos ir a una discoteca, eso mantendría su molesta voz fuera de mis oídos. Pensé que iríamos en metro, pero mis amigos estaban deseando pasear, me quejé, pero era yo contra el mundo, como siempre. Avanzábamos mezclados, ella nunca había estado en la discoteca a la que iríamos y mis amigos la ponían en antecedentes. No sé cómo consiguió ponerse a mi lado, no sé cómo aguanté todo aquel tiempo con aquella chica a mi lado, cuando cada vez que se dirigía a mí era para dejarme cortado ante todos. No sé cómo conseguía encontrar las palabras justas que me hacían callar, ni sé cómo soportaba yo todo aquello sin mandarla a la mierda.
Estar en la discoteca me liberó, no oír su voz me liberó, pero en lugar de la irritación me encontré a mí mismo preocupándome en exceso por mi hermana. Cada vez que se perdía de mi vista me preguntaba dónde podría estar, así que en vez de pasarlo bien lo pasé fatal pensando que mi hermana podría estar en brazos de cualquier desalmado que pretendiera llevársela a la cama.
Como el viernes, otra vez llegué a mi casa odiando a Mar, odiaba todo su ser, con una fuerza que jamás había sentido. Ni me gustaba cómo actuaba conmigo ni me gustaba que se hubiera pasado la noche acaparando a mi hermana, alejándola de mí. Intenté dormir, pero estaba demasiado enfadado para conseguirlo.
Aquella semana fue un desastre, no podía apartar de mi mente las situaciones en las que ella conseguía irritarme, no podía dejar de pensar que si el viernes aparecía de nuevo yo me sentiría mal, no dejaba de pensar en cómo era todo antes de que ella apareciera en nuestras vidas y que quería que todo volviera a la normalidad de antes, a la quietud de nuestras vidas hastiadas y monótonas.
Me vi en la puerta del parque, hacía calor, pero mi sudor era excesivo, estaba nervioso, temiendo que ella desahogara su furia conmigo. Por primera vez en varias semanas era viernes y yo estaba en el lugar acordado a la hora acordada. Llegó un momento después que el resto, con aquella sonrisa en su rostro. De nuevo el odio inundaba todo mi ser, la odiaba, era la primera vez que odiaba a alguien en mi vida, al menos de ese modo, era la primera vez que alguien me caía tan mal. Ella saludó a Carolina y Andrés dándoles un beso en la mejilla, dio un abrazo a mi hermana y un beso a Santiago. Fue como verlo a cámara lenta, oía sus pasos resonar en la acera, vi cómo su rostro se acercaba al de Jorge con la tranquilidad de saludar a un amigo y después miré a Jorge, sonreía maliciosamente, su cara estaba girada esperando el beso de la chica y de pronto la giró, haciendo chocar sus labios. Un fuego repentino quemaba mis entrañas, pensé que aquel calor sería capaz de provocar una combustión espontánea en mí. Me sentí en llamas cuando ella me miró tímidamente y agachó los ojos sonrojada, su cara aún estaba a escasos milímetros de la cara de Jorge y deseé que ella le diera una bofetada.
Las llamas a mi alrededor crecieron hasta sentir que sería capaz de quemar toda la ciudad cuando ella se acercó a la oreja de Jorge y le habló. Hubiera dado media vida por oír lo que ella tenía que decirle. Jorge sonreía mientras ella le hablaba, intenté notar algo en su rostro que me diera la pista de lo que ella le decía, pero aquel gesto se había congelado en su cara. Di un paso hacia atrás, intentando tener otra perspectiva y fue entonces cuando vi la mano de mi amigo, estaba cerca de la cintura de Mar, como dispuesto a agarrarla, pero de pronto su mano se cerró en un puño y la apartó de ella rápidamente. Sentí un extraño alivio al descubrir que aquello podía ser porque ella le estaba rechazando. El fuego se convirtió en rescoldos que me hacían sentir bien. Pero por otro lado estaba su cara, la cara de Jorge mientras la escuchaba, no había cambiado ni un ápice y eso avivó los rescoldos, yo había pensado que a ella le gustaba Jorge y aunque por un segundo pensé que le estaba rechazando, también podía estar diciéndole otra cosa. Su voz resonó en mi mente, era sólo mi imaginación, pero no me gustó, fue como si le oyera decir: «Ahora no Jorge, sé discreto, luego tú y yo…» Ni siquiera dejé que mi imaginación terminara aquella frase. Me enfadé conmigo mismo, no podía ser verdad que a ella le gustara Jorge, no podía ser cierto que ella quisiera besarle o acariciarle, me repugnó imaginarles juntos, con los cuerpos sudorosos, jadeando… y me excité cuando sustituí la imagen de mi amigo por la mía.
Yo estaba allí, paralizado, horrorizado al descubrir qué era eso que sentía. Celos, estaba celoso de Jorge, estaba celoso porque sus labios habían tocado los de Mar, porque su mano había intentado posarse en ella con lujuria. Estaba celoso porque yo la quería para mí, quería que sus besos fueran míos, que su cuerpo sólo me deseara a mí. Cerré los ojos al comprender la situación ¿Cómo iba ella a quererme a mí si yo era el tipo más capullo del universo? Ella era guapa, simpática, buena, cariñosa, no se merecía a alguien como yo. Ella se merecía a alguien capaz de amarla de una manera sobrehumana y aunque estaba claro que Jorge no era ese tipo, yo tampoco lo era. [...]
Callaron las voces amigas hace tiempo olvidadas. ¡Como pasa el tiempo! ¡Hasta callaron las voces amigas!
Inmutable el tiempo pasa, sin pararse ni siquiera un instante a observar lo que ocurre a su alrededor, ignorando que le increpo una y otra vez que se detenga.
¿Por qué no te paras tiempo? Hoy te necesito para hablar con él, para oír su risa para siempre, pero apremias con tu indiferencia y él se marcha de nuevo.
¿Por qué no te detienes tiempo? ¿Por qué no haces de nuestro encuentro un momento eterno?
Le necesito para sentir dentro de mí el ansiado sentimiento, pero me lo robas, llevándote con él mi beso. Y al hacerlo, junto a mí, pasas lento tiempo… lento.
19 de Noviembre de 1999 [...]
2007. Primavera.
Maya llegó a la revista cansada, llevaba todo el día dando vueltas por Londres siguiendo al primer ministro junto a su compañero, Ted; como siempre, cámara en mano, había hecho fotos de todo lo que veía. Estaba deseando que el día se acabara para volver a la soledad de su apartamento.
En cuanto llegó a la oficina se sentó frente a su ordenador y sacó la tarjeta de la cámara de fotos para introducirla en el lector. Al momento una pantallita se abría pidiéndole la acción a realizar. Abrió la carpeta, seleccionó las fotos del trabajo y las pegó en la carpeta compartida con la fecha de aquel día, después copió las que no eran de trabajo, las pegó en su pen drive, seleccionó todas las fotos y borró aquella memoria, devolviéndola después a la cámara.
Aún tenía que redactar su columna de la siguiente semana, pero le faltaba algo de inspiración, parecía que lo dejaba para el último momento, pero en realidad es que no sabía qué demonios escribir sobre «el anarquismo londinense del siglo XXI». Había visitado diferentes páginas web de jóvenes anarquistas, pero estaban vacías, sin contenido sólido. Le había prometido a su redactara jefe que lo tendría el lunes a primera hora, ya era jueves y continuaba en el mismo plan. Lo único que quería en aquel momento era llegar a casa, encender su equipo portátil y revisar aquellas otras fotos hechas durante la mañana. Se pasaba horas mirando las fotos ocasionales que realizaba, observándolas, intentando que alguna de ellas le inspirara algo.
Desde pequeña le había gustado la fotografía, era su mayor entretenimiento. Hacía ya cinco años, justo el mismo año que se mudó a Londres, su padre le había regalado una súper cámara en un vano intento por acercarse a ella. Maya nunca había entendido cómo su padre se había olvidado tan rápido de su madre, tan sólo un año después de su muerte él ya andaba tonteando con Inés, hasta que tras el segundo aniversario de la muerte de su madre se casaron. Ella aguantó hasta terminar la carrera, algo que por otra parte le parecía un acto muy egoísta, y con la excusa de aprender inglés se fue a Londres un año y ya no volvió. Llamó a su padre cuando él ya la esperaba en el aeropuerto de Madrid y le comunicó que se quedaría allí indefinidamente. Nunca supo el daño que aquello causó a su padre, nunca se preocupó por saberlo. Iba a Madrid una vez al año, por Navidad, pasaba unos días con ellos y se volvía al que ella consideraba su hogar.
Llegó a su casa rendida, se paró frente a la puerta buscando las llaves en su bolso. Abrió y suspiró, empujó con el pie hasta que la hoja de la puerta se abrió por completo y buscó la llave de la luz. Miró a su alrededor, observando su pequeño salón. Todos sus muebles, excepto la cama y el armario, estaban allí. Un cómodo sofá de tres plazas, una mesa de centro de metacrilato, rectangular, de cantos redondeados y un par de pufs a juego con el sofá, todo en una esquina, junto a una gran ventana. Al otro lado una pequeña mesa cuadrada de 1,20 x 1,20 rodeada por cuatro sillas. Aquello debía tener, si acaso, unos 15 metros cuadrados. A la derecha estaba su habitación, en la que la cama parecía estar empotrada entre la pared y el armario. Se tumbó en la cama, a su derecha quedaba la ventana, a su izquierda el armario y junto a la puerta, que le quedaba de frente, una pequeña cómoda de tres cajones, ni siquiera tenía mesita de noche. Cerró los ojos un momento y se decidió a ponerse el pijama. Salió de la habitación, justo enfrente estaban la cocina y el baño y junto a la habitación, del mismo tamaño que el baño, un pequeño estudio donde tenía el ordenador, aunque un espacio tan pequeño la agobiaba de tal manera que terminó comprándose un portátil y aquel apenas lo utilizaba. Lo único que le interesaba de aquel estudio era el plotter que ocupaba casi toda la estancia, que era donde imprimía las fotos. A veces pensaba que aquella impresora era casi tan grande como la mesa del comedor. Se dirigió al frigorífico y lo abrió buscando algo con lo que alimentar su cuerpo. Por el camino ya había encendido el ordenador que descansaba esperándola sobre la mesa de centro. Cogió algo de fruta y unos panecillos de ajo y se fue a sentarse al sofá; sintió frío, así que se tapó con una manta que reposaba a un lado del asiento. Se sentía cómoda en aquella casa, pero tenía que reconocer que era demasiado fría para el tamaño que tenía.
Encajó el pen drive en una de las entradas USB del equipo y descargó las fotos. Las observó durante un rato una a una, hasta que encontró lo que buscaba, abrió su editor de texto y escribió unas líneas, le puso un título y a la foto le puso el mismo nombre, los guardó juntos en una carpeta y el resto de las fotos fueron a la carpeta de «descartadas». Envió la foto a la impresora, la recogió en el cuartillo, la pegó sobre una cartulina doblada y a mano, en el interior de la cartulina, reprodujo el texto que acababa de escribir, poniendo la fecha. Siempre hacía lo mismo, cuando una foto le inspiraba algo escribía unas líneas sobre aquello que movía su corazón y lo manuscribía tras la foto. Cogió algo de cinta adhesiva de dos caras, la puso tras la foto e intentó buscar un hueco en un metacrilato azul traslucido enmarcado que colgaba de una pared. Ya apenas quedaba sitio y eso que media tres metros de ancho por dos de alto. Llegó a dos conclusiones, o dejaba de hacer fotos o se mudaba a un piso mayor. Al momento desechó las dos opciones, su pasión era la fotografía, por lo que dejarlo era absurdo y no podía permitirse vivir en un piso mayor, así que se paseó por allí buscando un lugar donde colocar otro trozo de metacrilato enmarcado para seguir colgando fotos.
Puso la tele mientras comía y buscó noticias. A las ocho ya estaba que se caía del sueño, así que se metió en la cama y en unos minutos ya soñaba con el corto poema que acababa de escribir.
Eve la esperaba impaciente en la puerta de la revista, sólo faltaban dos minutos para que su jornada comenzara. Ella era su jefa y su única amiga allí. Desde el primer día congeniaron, a Maya siempre le pareció una chica guapa y simpática, muy del estilo inglés, a veces un tanto estirada, pero mientras más la iba conociendo más la quería. Era rubia, alta y de piel clara. Maya sin embargo era todo lo contrario, tipical spanish, de pelo oscuro, largo y rizado, formas redondeadas, pechos turgentes, ojos marrones y piel canela, como Eve decía, tipical spanish. Para los ingleses ella estaba morena todo el año, para ella, ellos eran casi transparentes.
Recordó el sol de España en cuanto vio a su amiga, era lo que más echaba de menos de su país. Allí siempre estaba nublado y eso que era primavera, un día de sol en Londres era comparado con el día de la fiesta nacional. La gente se tiraba a la calle en cuanto podía y los parques aparecían abarrotados de repente. Le había prometido a su amiga que algún verano irían a España de vacaciones, a Eve le habían hablado muy bien de la costa del sol y estaba loca por ir. Cada vez que amanecía un soleado día la chica le recordaba su promesa, intentando que ella no tuviera intención de incumplirla, por lo que aquel verano viajarían a la costa de sol o de la luz o a la que fuera, pero española.
Aquella mañana no tendría que salir, se propuso comenzar y acabar su columna y enviársela por correo a Eve, así no le daría el coñazo el fin de semana, Maya la había invitado a dormir en su casa y no quería darle excusa alguna para pasarse el tiempo hablando de trabajo.
Antes de la hora de comer ya tenía preparada y revisada aquella absurda columna. Eve se alegró, ya pensaba que nunca lo haría.
El sábado a medio día Eve aparecía en su casa con una botella de bourbon en las manos, dispuesta a pasar el fin de semana con su amiga, Maya ya tenía la comida preparada y se sentaron a comer. Hablaron un rato de chicos, del trabajo y de si saldrían por la noche o no. Tras recoger todo lo de la comida se sentaron en el sofá y comenzaron con los chupitos de aquella bebida espirituosa, entonces Eve se fijó en el metacrilato azul traslucido de Maya, ya no había sitio en él. Se levantó y se acercó, observando todas aquellas fotografías, un momento después paraba su vista en la última que su amiga había colgado, la miró y después la abrió, leyendo aquellas palabras escritas.
«Buscar el consuelo tras los ojos de la muerte y encontrarme sin querer con la vida de una antigua sonrisa.
Tu boca, desprovista de misterios, ansiando mi boca; tu cuerpo, empachado de deseo, desafiando a mis ganas.
Y yo busco el consuelo tras el rastro de muerte de mi alma, anhelando una caricia rota por el tiempo, rememorando un viejo recuerdo ajado, atada a la prisa de mis palabras vanas.»
Eve recitó aquellas palabras como si las hubiera sentido ella misma. Se quedó un poco más mirando la bonita letra de Maya, después volvió a colgar la foto de aquel chico en su muro y se sentó a su lado. Sólo se veía desde la mitad de la frente hasta la mitad de la nariz de aquel chico, centrando la foto en aquellos ojos tristes. [...]
Me derrito en el chocolate de tus ojos, enredando mis dedos en la negra selva que es tu pelo.
Encierro entre mis piernas el mástil de tu velero, ansiando convertirme en tu puerto.
Me adentro en la llanura de tu pecho, atrapada entre las ramas de tu cuerpo, elevándome hacia el cielo.
Exhalo el aliento que me queda y hago mío el tuyo en un beso.
Las lenguas de fuego en que se convierten tus dedos, recorren grano a grano las montañas de arena que hay en mí.
Mordisqueo el lóbulo de tus sentidos, arañando este momento al olvido.
Me vences y la vida explota en el interior de la cueva de mis deseos.
27 de Agosto del 2011 [...]
Oscuridad…
No puedo ver, ni sentir… sí, puedo sentir, siento miedo, ¿Qué encontrare tras el siguiente paso?
Escondo mis manos porque no sé que será lo próximo que toquen. Tapo mis oídos porque escucho palabras que nunca quise escuchar.
Está oscuro, demasiado oscuro. No quiero pensar, hasta oscuros son los pensamientos.
Miro hacia atrás y puedo verte; deseo que estés aquí, en la parte del camino donde me encuentro.
Ven, dame tu mano, acompaña mis pasos.
Ya estás aquí. Por fin hay luz.
05 de Enero de 1999 [...]
Un momento de risas; cuando compartimos palabras, cuando desvelamos misterios, cuando confesamos secretos. Cuando pasado, presente y futuro se revelan ante nosotros.
Un momento de ternura; cuando en silencio se cruzan nuestras miradas y somos incapaces de expresar los sentimientos que nos invaden.
Un momento de cariño; cuando suavemente recorremos nuestra piel a caricias, cuando nuestros labios se unen en un beso.
Un momento de pasión; cuando ya no podemos reprimir el deseo, cuando el fuego quema las entrañas, cuando con amor poseo tu cuerpo, cuanto tú posees el mío.
Un segundo de felicidad absoluta; cuando ya, devorados, el placer más sublime nos hace llegar hasta el cielo y de tu boca, casi sin querer, se escapa un te amo.
Un momento infinito, ¡ojala pudiera serlo!, cuando desnudos, nuestros cuerpos se hacen uno en un abrazo… y no hacen falta las palabras, ni los besos, ni las caricias, ni las miradas… sólo tú y yo, arropándonos con el calor de nuestras almas, compartiendo latidos, respirando el mismo aire, anhelando el mismo sueño.
A la pureza de un sentimiento compartido.
23 de Enero de 2001 [...]
Capítulo 1
Al principio yo era como una princesa encerrada en un castillo. Ni el aire podía tocarme, ni una mala mirada se posaba sobre mí. Tenía 17 años y el mundo me parecía maravilloso. Después el tiempo borró mi sonrisa y la sustituyó por un gesto amargo. ¡Que dura es la vida de una adolescente!
A mis 17 años me sentía la persona más afortunada del mundo; salía con un chico, para mí el más guapo del planeta, para otras chicas, la mayoría, también. Él cuidaba de mí y me hacía sentir diferente, deseada, amada. Pero el tiempo, en vez de unirnos, comenzó a separarnos. Poco más de un año después de comenzar lo nuestro comprendí que se había acabado. No me llamó, no habló conmigo para dejarme, ni me partió el corazón con su indiferencia. Simplemente dejó de estar en mi vida y todo mi mundo se vino abajo.
Durante larguísimos meses no fui yo misma, sólo era un retazo de mí. Era una lágrima hecha persona, no quería salir, ni comer, ni hablar, lo único que quería era desaparecer, sacar de mi interior el dolor que sentía. Tenía 18 años y mi vida carecía de sentido. A veces me hacía más daño el sufrimiento que les estaba causando a mis padres que el mío propio, pero no podía evitarlo, por más que intentaba recuperarme no podía, me moría por recibir una llamada suya, aunque únicamente fuera para confirmar lo que ya sabía. Me pasaba el tiempo en mi habitación, recordando su sonrisa, su pelo, sus ojos, sus manos sobre mí. Aquello no era sano, pero el único fin de mi vida era amarle a él.
Desde que todo acabó y hasta mi 21 cumpleaños le vi en dos ocasiones, una de casualidad en un centro comercial, de lejos, y otra el día de mi cumpleaños. La primera vez me sentí morir. Hacía un par de años que nos habíamos mudado a Utrera y tal vez fuera esa la razón por la que había conseguido escaparme de su presencia. Sé que me miró, pero se dio media vuelta y se fue. La segunda vez fue en mi cumpleaños, era el día de navidad y su familia vino a merendar a mi casa, nuestros padres eran muy amigos. Fue toda una sorpresa. Yo ya conocía a mi amiga Candela, le saludé, le presenté a mi amiga y me pasé el resto del día ignorándole. Lo malo fue que Candela no sabía nada de aquella historia y tuve que contárselo todo.
Con el paso del tiempo fui acostumbrándome a vivir con aquello, ya no era amor, era una especie de anhelo absurdo que insistía en él y volvía a mí en forma de sueños. Muchas, muchas veces soñé con él, unas veces eran sueños que me llenaban de desesperación, de ganas de él, y otras crueles pesadillas.
Afortunadamente crecí. Comencé a trabajar en Exportrack en cuanto terminé el master. Al finalizar la carrera de ciencias económicas hice las prácticas allí, me fui después a hacer un master en comercio exterior y al volver, en cuanto llamé para ofrecerme, me contrataron. El sueldo era normal, pero por algún sitio había que empezar. Mi vida era un poco aburrida, de casa al trabajo y del trabajo a casa, menos mal que mi amiga Candela me sacaba los fines de semana. A veces me agobiaba pensar que le quitaba tiempo para estar con Teo, su novio, pero ella insistía en que era obligación de los dos sacarme los sábados a bailar.
Ya llevaba dos años trabajando en Exportrack. A mis 26 años mi vida sentimental era nula, en realidad se limitaba a esporádicos encuentros sexuales con desconocidos, el chico que más me duró fue uno con el que estuve tres semanas. Hasta que conocí a Javier, él no quiso nada conmigo y eso llamó mi atención. Aquel chico era guapo, metro ochenta, rubio de ojos claros, tez infantil, demasiado delgado tal vez. En realidad era todo lo contrario a lo que había estado buscando hasta aquel momento y tal vez por eso me gustó. Pasamos un sábado entretenido charlando, de repente desapareció, tenía que marcharse. Yo continué con mi rollo de siempre, estaba hasta las tantas en la discoteca con Candela y Teo y llegaba a mi casa pensando que lo mejor era dejar de salir.
Aquel año mi padre se jubilaba y día tras día discutía con mi madre sobre lo qué harían con su futuro. Yo intentaba mantenerme al margen, mi vida ya era un caos como para encima tener que soportar las alocadas ideas de mis progenitores. Sabía que terminarían marchándose a algún sitio, pero no me preocupaba.
Ese Domingo, como otros días, me desperté sobresaltada, dando un grito. No me di cuenta de que Candela dormía en la cama de al lado y la desperté. Eran las diez de la mañana, hacía tres horas que nos habíamos acostado, tras la marcha nocturna yo me había quedado a dormir en su casa. La pesadilla había sido horrible y sudaba como si hubiera corrido la maratón. Aquellas imágenes aparecieron de nuevo en mi mente, claras, horribles y comencé a jadear de desesperación.
¿Otra vez una pesadilla? Últimamente tienes muchas.
Sí – dije – ¡parecía tan real!
¿Marcos?
Sí, no lo sé, era otro por fuera, pero por dentro era él. Me perseguía y yo corría para que no me alcanzara.
Creo que tu obsesión por ese chico se merece un estudio psiquiátrico o psicológico.
Tal vez.
¿Son más seguidas?
No, bueno, casi todas las noches sueño cosas raras. Hacía mucho tiempo que no soñaba con él, pero en las últimas semanas…
Bueno, es temprano, durmamos.
Sí. – dije sin estar muy convencida.
Al menos inténtalo.
Lo haré.
Al momento Candela roncaba. Me sentía inquieta, muy de vez en cuando aquellos recurrentes sueños volvían a mí, destrozando el poco equilibrio que mi vida tenía. Cuando soñaba con él me pasaba días enteros dándole vueltas a todo y aquel domingo fue uno de esos días. Me pasaba el tiempo pensando en que tal vez lo mejor fuera, de verdad, ir a un psicólogo. Candela me dejaba hacer y mi madre se pasaba todo el día diciéndome que estaba muy rara. Sabía que mis padres de vez en cuando se veían con los padres de Marcos, pero hacía mucho tiempo ya que les había pedido que no me hablaran de ellos. Mis padres conocían la historia, así que me daban el gusto.
La sede de Exportrack estaba en la isla de la cartuja. Hacía unos años que vivíamos en Utrera, una pequeña ciudad a veinte kilómetros de Sevilla. Mis padres habían elegido una zona tranquila de casas pareadas, así que cada mañana cogía el cercanías, enlazaba con la línea uno del metro en la estación de San Bernardo y después con la línea cuatro hasta la cartuja, tras el paseo en metro me esperaban cinco minutos caminando. En total el trayecto duraba poco menos de una hora. Cada día me levantaba a las siete, desayunaba, cogía el cercanías de las ocho y a las nueve menos diez me bajaba del metro para caminar mis cinco minutos. Casi siempre llegaba al trabajo enfrascada en la lectura de algún periódico gratuito, después me sentaba frente a mi ordenador y ya no tenía tiempo ni para respirar el aire que entraba por la ventana. Comía algo ligero en la sala de descanso sobre las dos y media y a las tres y cuarto volvía al trabajo hasta las seis. A las siete volvía a estar en casa. Mi jefe quería cambiarme el horario y ponerme de ocho a tres, me quitaba una hora diaria, pero no sólo no me interesaba por el sueldo, levantarme a las siete ya no me hacía mucha gracia, así que a las seis era pedir demasiado. Prefería entrar a las nueve y salir a las seis, de todos modos las tardes solían ser muy aburridas, tener más tiempo libre significaba aburrirme durante más tiempo.
Un sábado, como otro cualquiera, mi móvil sonó. No reconocí el número y descolgué con desgana.
¿Si?
¿Ana?
Sí, soy yo.
Soy Javier.
¡Hola Javier! – dije contenta.
¿Qué haces hoy?
Pues de momento no lo sé, estoy esperando a que me llame Candela. ¿Qué hora es?
Son las cuatro.
Es temprano. No sé, de momento no haré nada.
¿Te apetece un café?
Bueno, ¿Dónde?
Voy a verte, de hecho voy de camino por la autovía. Acabo de pasar la entrada de Alcalá.
¡Ah…! – dije sorprendida.
¿Dónde nos vemos?
No sé, ¿Conoces el Aquelarre?
En cuanto llegues a la primera rotonda aparca a la derecha, voy a buscarte allí.
Vale, tardo diez minutos.
Nos vemos.
Me extrañó que me llamara, sobre todo porque yo no le había dado mi teléfono, seguro que se lo había dado Teo. Estaban deseando, los dos, que me echara un novio, pensaron que tal vez Javier fuera el más indicado y la verdad era que teníamos muchas cosas en común. Hacía dos semanas que le había conocido.
Al llegar me esperaba apoyado en su coche, un Megane descapotable en color azul eléctrico. Tras los dos besos de rigor nos montamos en el coche.
¿Vamos mejor a Sevilla? He quedado después con unos amigos para cenar.
Como quieras, pero… – en ese momento miré mi ropa, tal vez no fuera la más indicada.
Vas bien, no saldremos de marcha, sólo a cenar y tomarnos unas copas en algún pub.
Si me hubieras avisado me arreglo un poco más.
Estás muy guapa así, la verdad es que hoy me gustas más que el otro día. No te va ir tan emperifollada.
Ponte el cinturón.
Arrancó mientras yo me ponía el cinturón. Al chico no le importaba que en la autovía hubiera radares de control de velocidad, no bajó de 120 Km/h en todo el camino. Primero fuimos a un pub que había cerca del centro comercial los arcos, frente a Santa Clara, el bye. Era un lugar agradable, había tanta gente que apenas había sitio, pero conseguimos sentarnos en una mesa. Nos pasamos la tarde hablando de nuestros trabajos, de los planes que teníamos para el futuro, de la música que nos gustaba, de las vacaciones… fue divertido, era un chico muy divertido. Sobre las siete nos fuimos a pasear y cuando quisimos darnos cuenta ya era la hora de acudir al restaurante en el que habíamos quedado. Lo pasé genial con toda aquella gente. Eran amigos del instituto de Javier, que quedaban un par de veces al año para verse y contarse sus vidas; aquello me gustaba, yo añoraba a mucha gente de aquella época, tal vez debía promocionar algo así a ver si alguien se apuntaba.
Sin darme cuenta, poco a poco, Javier se hacía un hueco en mi vida. De lunes a jueves era lo de siempre, pero el viernes a las once de la noche siempre llamaba a la puerta de mi casa y ya no me dejaba en todo el fin de semana. Al principio lo llevaba bien, éramos como amigos, no habíamos pasado de un par de besos en su coche y caminar agarrados de la mano. Me dejaba llevar, me sentía a gusto a su lado, siempre hacíamos cosas diferentes y eso me gustaba. Aquel descapotable se había convertido en mi sueño del fin de semana. Cada día iba a recogerme a Utrera, fuéramos donde fuéramos después. Yo insistía una y otra vez en que era mejor que quedáramos en algún sitio de Sevilla y que me recogiera allí, pero él siempre contestaba «A saber dónde terminamos hoy, yo voy a recogerte y ya veremos.». Y yo… le dejaba hacer. Mis padres se tomaron bien aquello, nadie se lo había presentado formalmente y apenas le habían visto a través de la ventana, pero me veían contenta y eso era lo único que les importaba.
La mayoría de las veces salíamos con Candela y Teo, los cuatro juntos. Mis amigos estaban encantados con aquella situación.
Era abril. Candela y yo fuimos al centro a ver escaparates y a comprarnos algo de ropa, se acercaba el buen tiempo y como siempre, yo nunca tenía nada que ponerme, nunca sabía qué comprarme, nunca encontraba nada que me gustara, pero me encantaba estar con Candela, así que me aguantaba. Estábamos en una gran tienda, cuando miraba a lo lejos parecía que los percheros nunca se acababan y Candela quería verlos todos. Oí una voz a mi espalda, me sonaba de algo. Intenté hacer caso omiso a aquella voz, Candela cogía ropa, se la ponía sobre el cuerpo y después la ponía sobre el mío. Me comentaba que aquel sábado iríamos a una discoteca diferente, se llamaba Mi Tiempo Contigo, pero al parecer todo el mundo la llamaba la MTC, nunca habíamos ido. A los pocos minutos no pude aguantar más y miré hacia atrás. Era Amparo, la hermana de Marcos. Hacía cinco años que no la veía.
¿Amparo? – dije alucinada.
La chica me miró sorprendida, sólo me había visto de espaldas y no me había reconocido, evidentemente. Alucinó cuando me vio.
Hola Ana.
Mira Cande, es Amparo, la hermana de Marcos.
Encantada – dijo Candela dándole dos besos.
Él es David, mi novio.
El chico nos dio dos besos e intentó mantenerse al margen. Candela hizo lo mismo, estaba pendiente de nosotras pero no dejó de mirar la ropa que había a nuestro alrededor.
Te veo bien Amparo ¿Cómo lo llevas?
Bien, no me va mal.
¿Y tus padres? Hace tiempo que no les veo.
¿No? Pensaba que a ellos sí los veías.
Que va, cuando quedan con mis padres se van por ahí, así que… ¿Sigues estudiando o trabajas?
Trabajo – y se hizo el silencio.
Tu hermano bien, ¿verdad?
Le pregunté en realidad para quitarle importancia, para mí misma, para demostrarme que no me importaba… y para darle conversación, estaba siendo muy seca conmigo.
Sí, como siempre. Trabajando y haciendo mil cosas. ¿Y tú qué tal?
Bien, tengo un trabajo que me gusta y en casa, bueno, ya sabes como es mi relación con mis padres.
Siempre has tenido suerte – dijo con ironía
Siempre no – le dije en tono serio.
¿Y de chicos?
Bueno, no va mal, ahora salgo con uno, nos va bien. Poco a poco. ¿Vosotros lleváis mucho tiempo?
Dos años. Mi hermano también sale con una chica.
Me alegro. ¿Sabes? Te recordaba más simpática, ¿Tal vez tienes algún problema conmigo?
Ya lo sabes.
No, sinceramente no lo sé.
Le hiciste mucho daño
¿A quién?
A mi hermano.
¿Eso es lo que te pasa? Perdona pero fue él quien me dejó.
Se merecía otra oportunidad y no se la diste. Le destrozaste la vida.
Mira, no lo sabía, pero él nunca me pidió otra oportunidad, tal vez, antes de juzgarme y guardarme rencor de por vida, deberías conocer toda la historia.
Sólo me interesa la parte de la historia relacionada con mi hermano.
Ya, pero eso es sólo la mitad de la historia. Me costó mucho olvidarme de él, también él destrozó mi vida.
Pues no se nota, te ha ido muy bien.
¿Y a él también no?
Nunca ha sido feliz. Por tu culpa.
Aquellas palabras me llenaban de angustia. El tremendo dolor que me hizo pasar revivía en mí, invadiendo cada célula de mi cuerpo. Marcos me abandonó, de una forma cruel, y para su hermana yo tenía la culpa, yo era la responsable de la infelicidad de su hermano. Su novio se acercó a ella y le acarició el brazo, pidiéndole tranquilidad. La miré con tristeza, era hora de marcharnos.
En fin, me ha gustado verte, estás muy guapa
Hasta otra Amparo.
Hasta nunca.
Me olvidé del tema, era una tontería darle vueltas al asunto. Sabía que el día de mi 21 cumpleaños él había ido a mi casa porque quería algo, pero yo ya había conseguido dejar de llorar por él y no estaba dispuesta a darle ni siquiera la oportunidad de ser mi amigo. [...]












