Ciegos

Capítulo A. El inicio (Jon)

            Es cierto que la vida te enseña cosas y que aprendemos si nos apetece, generalmente por interés. Mi nombre es Jon y yo antes era así… bueno, os pondré de ejemplo una llamada telefónica que no olvidaré en mi vida, más que nada por el remordimiento de conciencia que me produjo la mirada de reproche de una persona a la que acababa de conocer.

            Vaya por delante que me creía el ombligo del mundo, nadie era como yo, nadie mejor que yo, ni tan guapo, ni tan irresistible… Estaba en casa de una amiga de mi hermana, era la primera vez que veía a aquella chica, había acudido a la cena sin ganas, pero mi hermana había insistido en que debía conocerla y acepté ir. Fue el día antes de mi cumpleaños.

Hablábamos sobre las llamadas telefónicas, yo había recibido tres en un rato y terminamos hablando sobre lo que gastábamos de teléfono, total, que como esa chica y yo teníamos la misma compañía decidí llamar y cambiar mi tarifa, ella llamaba más que yo y por el contrario pagaba menos. Así que tras la presentación de la teleoperadora de turno comenzó el dilema.

  • Dígame su nombre señor.
  • Jon.
  • De acuerdo señor “Yon” si me dice su número de teléfono podré acceder a su ficha y comprobar si puede acogerse a esa tarifa.
  • Bien, es 645454545 ¿lo tiene?
  • Sí, espere un momento por favor.
  • Sí.
  • Señor, me ha dicho que su nombre en “Yon” ¿podría deletrearlo por favor?
  • Sí claro, es J, o, n.
  • Entonces su nombre es “Jon” – dijo la chica pronunciándolo con J.
  • “Jon” no, se pronuncia “Yon”
  • Bien señor “Jon” sí que puede acogerse a esa tarifa.
  • Pues quiero que me la ponga.
  • Un momento por favor… ¿Señor “Jon”?
  • Yon – dije corrigiendo de nuevo la pronunciación de la chica – dígame.
  • Le informo que en 24 horas tendrá la tarifa activa, aun así recibirá un mensaje de confirmación.
  • Gracias.
  • ¿Alguna otra consulta señor “Jon”?
  • No, pero mi nombre se pronuncia Yon, no Jon.
  • Entiendo señor, antes pensaba que había algún error en su ficha, por eso le pedí que me deletreara su nombre.
  • Entiendo por qué está usted trabajando ahí, está claro que su inteligencia no da para más. Aun así gracias por haber llegado hasta mis datos, espero que la tarifa que me ha aplicado sea la correcta.

Sin esperar a que la chica pudiera defenderse colgué. Dejé el teléfono sobre la mesa y miré a las chicas. No podría describir la mirada de Mar, nunca, nadie, me había mirado así, por eso le pregunté.

  • ¿Pasa algo?
  • Bueno, no te conozco mucho, pero conociendo a tu hermana pensé que eras de otra manera.
  • ¿Por? – pregunté sin comprender.
  • ¿Te ha reportado algo insultar a esa chica?
  • Seguro que es una extranjera, sólo vienen los tontos.
  • Obviaré que has hecho ese comentario, no puedo creer que hayas dicho eso – dijo mirándome con cara extraña.
  • ¿Estás a favor de la inmigración ilegal?
  • Imagino que si está trabajando, en caso de que no sea de aquí, será porque es una inmigrante legal, pero esa no es la cuestión, es una persona y se merece que la traten como tal ¿qué te hace más inteligente que ella?
  • Si sólo con un nombre ya mete la pata no quiero imaginarme cómo hará lo demás.
  • Tal vez en su país de origen tu nombre se pronuncie de otra manera, tal vez es su primer día, tal vez… ¿Cuánta gente ha escrito bien tu nombre?
  • Casi todo el mundo pregunta y da por hecho que es en inglés.
  • ¿Y tus amigos?
  • Pasa lo mismo con ellos.
  • Entonces perdona que te diga, pero el que se rodea de tontos…
  • Mis amigos no son tontos.
  • No lo dudo, pero no son perfectos. Es lo mismo que conozcas o no a la persona que comete el error.
  • No es lo mismo.
  • Vale, imagino que además las cosas son como tú las quieres ver.
  • Son como son – dije altivo.
  • Ya, está quedando muy claro.
  • ¿Y tus padres? – preguntó mi hermana cambiando de tema.
  • Se han ido a la playa, llegarán el domingo.
  • Nosotros nos vamos a pasar el fin de semana a la playa, todo el grupo, celebraremos el cumpleaños de mi hermano, que es mañana ¿te vienes?
  • No gracias, no me apetece.
  • Mar, me gustaría que vinieras – dijo mi hermana entristecida.
  • Tal vez os vea en otra ocasión, no me apetece, de verdad.

Estaba claro que no le apetecía por mí, sobre todo por cómo continuaba mirándome. Durante un rato hablamos de otra cosa, a veces ella me miraba molesta, como si yo no le cayera bien. De pronto me vi con la necesidad de explicarme, lo intenté, pero a la primera me cortó.

  • Mar, lo de antes… yo no soy racista.
  • No hace falta que me des explicaciones.
  • Pero quiero dártelas.
  • No quieres darme explicaciones, quieres justificar que te has comportado como un estúpido y ahora te remuerde la conciencia, a mí no me debes ni explicaciones ni disculpas – dijo algo enfadada.
  • No te enfades – supliqué con la voz.
  • No estoy enfadada, estoy decepcionada.

Bueno, no era que me alegrara, decepción sonaba peor que enfado. Tras otro par de horas, que resultaron más tensas de lo necesario, llegué a casa con el convencimiento de que aquella era la tía más gilipollas que había conocido en mi vida.

Fui a la cocina con mi hermana, bebimos agua y se lo dije.

  • Perdona lo que te voy a decir Tamara, pero tu amiga es gilipollas.
  • ¿Qué tiene ella? – preguntó Tamara sonriendo.
  • La verdad es que no sé cómo puedes ser amiga de esa tía.
  • ¿Por? A mí me parece fantástica, llevo tres años trabajando con ella y es la mejor persona que he conocido nunca, con el tiempo se ha convertido en una de mis mejores amigas.
  • Tal vez tenga un problema psicológico con los tíos – dije buscando una explicación que cuadrara en mi rara mente.
  • Tal vez sea que estás acostumbrado a que las chicas beban los vientos por ti y te miren con cara de tontas y esta chica… sólo ha tenido que mirarte y sin decirte nada ya te has arrepentido de tu actitud ¿qué tiene ella?
  • No tiene nada, es una capulla por muy amiga tuya que sea.
  • Eres un niñato hermanito, espero que ella sea la horma de tus zapatos.
  • ¿Crees que podría gustarme una chica así?
  • Puede ser, de una manera u otra todo el mundo termina queriendo a Mar.
  • Pues yo paso.
  • Es inevitable.
  • ¿Por? – pregunté con interés.
  • Es una chica buena, que siempre está dispuesta a ayudar a los demás, no es tonta, conoce a la gente y ayuda a quien sea cuanto puede, como puede, es humanitaria, simpática…
  • ¡Algún defecto tiene que tener! – dije pensando que la estaba poniendo por las nubes.
  • Supongo que muchos, pero en ella no cuentan.
  • Seguro que no es para tanto.
  • Ya la conocerás – dijo como si fuera una advertencia.
  • ¿Va a salir con nosotros?
  • Eso intento, al parecer tiene un par de amigas que se han echado novio y hace tiempo que no sale, así que le he propuesto que salga con nosotros.
  • En fin, uno más no se notará.
  • Sabes que se notará, es atractiva y sabes cómo son tus amigos.

Comprendí la sonrisa de mi hermana, mi cara debió ser el espejo de mis pensamientos, conocía de sobra a mis amigos y sabía cuál sería la actitud que tendrían en cuanto la vieran. En realidad yo estaba esperando que llegara el momento para que todo comenzara. La esperaba el siguiente sábado, pero la sorpresa llegó el viernes.

Yo estaba en el bar de costumbre de los viernes, con los tres amigos con los que siempre salía. Andrés ya tenía novia, Carolina, los otros dos, Jorge y Santiago, eran tan solteros como yo, el grupo lo completaba mi hermana, un año menor que yo. Aquel día llegó con su sorpresa, Mar.

La verdad era que no me la esperaba, imagino que mi hermana debió ponerse muy pesada para que Mar aceptara salir con nosotros. Jorge se puso de pie en cuanto la vio, mientras comentaba lo buena que estaba la chica con la que llegaba mi hermana. Yo no me levanté para saludarla y ella tampoco puso mucho interés en hacerlo, me dijo hola con la mano y se dispuso a conocer al resto del grupo. No presté mucha atención, fue lo típico, mi hermana los presentaba y se daban dos besos, como hizo conmigo el día que fui a su casa.

Los chicos insistieron en que ella se sentara entre ellos, ella aceptó y yo me moví incómodo en mi silla, ¿qué me importaba que ella se sentara entre mis amigos? Pensé que no me apetecía que se sentara a mi lado, en realidad no me apetecía que ella estuviera allí, pero debía aguantarme.

Nos pasamos la noche hablando de ella, con mis amigos babeando, mirándola como si fuese una diosa. No estaba mal, pero tampoco era para tanto. A pesar de todo entendía su babeo, yo también me la había imaginado desnuda unos días antes. Apenas hablé aquel día, no me gustaba que toda la conversación se centrara en ella y los demás parecían dispuestos a sacarle hasta la última información que pudieran sacarle.

Mientras mis amigos lo pasaban de miedo, yo me sumía en mis pensamientos, me fijaba en cómo la miraban, algo nuevo a lo que agarrarse, sangre nueva que probar. No entendía sus risas, me resultaron falsas; a veces Carolina la miraba de forma extraña, supongo que celosa porque Andrés le prestaba demasiada atención a la nueva. Estaba deseando que la noche acabara, quería volver a casa y pasar página.

Pasé la semana como siempre, entregado al trabajo, huyendo de mi familia. Llevaba años así, intentando vivir mi vida en solitario. Les quería, eran mi familia, pero a mí siempre me apetecía estar solo, siempre estaba de mal humor y casi siempre lo achacaba al cansancio o el trabajo. Ellos siempre me dejaban tranquilo, sobre todo cuando comprendían que tenía un mal día. Mi hermana solía darme un poco más la lata y yo intentaba portarme bien con ella, pero algunos días la ansiedad podía conmigo y me revelaba contra ella, tratándola relativamente mal.

Llegó el fin de semana, estaba deseando salir y despejarme. Quedamos en el lugar de siempre, la puerta del parque que había en el centro del barrio. Era una noche calurosa, agosto estaba resultando demasiado caluroso. Vi su figura de lejos, se acercaba a nosotros a paso lento, se paró en una ocasión para ponerse bien las sandalias, noté un escalofrío cuando observé su ropa, camiseta de tirantes pegada al cuerpo, pantalón corto, muy corto... llevaba el pelo suelto, pero antes de llegar a nuestro lado puso cara de agobio y lo recogió en su nuca con una goma para el pelo que llevaba en la muñeca. No dejé de mirarla hasta que estuvo lo suficientemente cerca como para que la fuerza de mi mirada la atravesara. Ella me miró, me saludó con la mano mientras decía "hola Jon" y después saludó al resto. No comprendí por qué a los chicos les daba un beso en la mejilla y a mí me hacía un gesto y punto, aquello rondó en mi cabeza toda la noche.

Decidimos ir a un lugar tranquilo, pensando que en la discoteca pasaríamos calor, nos acomodamos en la terraza de un pub y allí pasamos la velada. Aquel día fue diferente, no sé si por mi parte o por la suya, pero la noté diferente, no es que yo hablara mucho, toda su atención la acaparaban mis amigos, pero noté que ella me miraba a menudo, no supe por qué, unas veces me miraba sonriendo y otras lo hacía con gesto serio. Casi al final, cuando ya estábamos dudando si irnos o quedarnos más tiempo, a mí me dio por intervenir en las conversaciones de mis amigos. Volvimos a casa una hora después.

Aquellas dos semanas fueron horribles, yo estaba deseando que llegara el fin de semana, me agobiaba en el trabajo intentando averiguar qué pasaba por la cabeza de Mar, quería descifrar cada una de sus miradas y, bueno, nunca se me había dado bien conocer a la gente. El fin de semana llegó, hacía un mes que la conocía y las cosas cambiaron.

Ese viernes habíamos quedado directamente en el bar y yo llegaba tarde. Les vi en cuanto llegué a la puerta, Mar estaba sentada entre Jorge y Santiago, estaba sentada en una silla, con la espalda recta y los hombros tensos, contestaba a una de las preguntas de Jorge y después miraba a mi hermana, no me gustó aquella mirada.

No sé por qué sentí aquel impulso, ni qué pretendía yo con aquello, pero lo hice. Me acerqué a mis amigos y directamente me dirigí a ella, mientras decía hola a todos en voz alta, me acerqué a Mar y llamé su atención poniendo mi mano en su hombro, ella me miró, sonrió y yo le di dos besos. Después miré a Jorge, como si tuviera algo importante que decirle.

  • Jorge, quería hablar contigo una cosa…
  • Siéntate aquí – dijo Mar levantándose – yo me voy a cotillear un rato con tu hermana.
  • Vale – dije pensando que eso era lo que ella quería.

Cuando me miró noté el alivio en su rostro, la arruga de su frente se estiró y se ruborizó cuando nuestros ojos se encontraron. Tal y como yo había supuesto ella no estaba cómoda allí. Hasta ahí todo había sido fácil, con una sola frase había apartado a Mar de lo que la molestaba, pero... ¿Qué podía decir a Jorge? ¿Qué podía ser tan importante como para haberle dicho aquello? E hice lo que se me ocurrió.

  • ¿Qué quieres hablar conmigo? – preguntó mi amigo extrañado mientras yo me sentaba a su lado.
  • Pues verás, hace tiempo que no… ya sabes, necesito salir, ligar y esas cosas de tíos.
  • ¡Vaya!
  • Si os parece – dije mirando a Santiago – podemos dejar a la parejita y a las chicas aquí y nos vamos los tres de ligoteo.
  • ¡Me apunto! – dijo Santiago.
  • No sé – comenzó a decir Jorge – no creo que dejar a las chicas…
  • Venga, hazlo por mí – dije casi suplicando.

Comprendí que aceptaba cuando le vi sonreír y contento me dirigí al resto.

  • Bueno, nosotros hemos decidido marcharnos, hoy saldremos los chicos solos.
  • ¿A ligar? – preguntó Tamara.
  • A lo que surja – dije yo en tono áspero.
  • Vale, vosotros mismos…

Miré a Mar sin aflojar mi sonrisa, ella me miraba con gesto duro, entre sus cejas se había formado una arruga que denotaba su disconformidad, miró un segundo a Jorge y apartó la vista hacia mi hermana. Después su inquisidora mirada me fulminó, me hizo sentir pequeño, noté cómo me hundía en aquella silla... pero los pensamientos cambiaron rápidamente en mi mente ¿por qué tenía que sentirme mal? ¿Por qué sentía que aquella mirada no era buena? ¿Por qué debía preocuparme lo que ella pensara de mí?

Mar se levantó enfadada, nos deseó que lo pasáramos bien y se alejó con la excusa de ir al baño, yo aproveché su ausencia para apremiar a mis amigos y nos fuimos. La noche resultó interesante... notaba algo extraño en la boca de mi estómago y por más chicas que veía no me llamó la atención ninguna, intenté relacionar mi desánimo con Mar, pero no veía una conexión clara, hasta que vi como miraba una chica a Jorge y caí en que tal vez su repentino mal humor se debía a mi amigo. Caí en la cuenta, a Mar le gustaba Jorge, por eso me había mirado así, era yo quien le había convencido para salir sin ella y eso mermaba sus posibilidades. Creí que mi descubrimiento me haría sentir mejor, pero la sensación extraña en mi estómago se acentuó y me acompañó durante toda la semana. Por su puesto aquella noche me fui a casa sin "pillar nada", no estaba de humor.

Septiembre comenzó aquel martes y yo deseé que las cosas cambiaran, no sabía qué debía cambiar exactamente, pero algo debía cambiar.

Volvía a llegar tarde, en las últimas semanas los viernes quedábamos directamente en el bar que fuera y yo llegaba tarde, esa vez Mar estaba entre Jorge y mi hermana, al parecer Santiago aún no había llegado. De nuevo su espalda estaba completamente erguida y los hombros tensos, por alguna razón aquella postura no me gustaba, me fijé en sus manos, tenía los dedos entrelazados, con una mano pegada a la otra, dispuestas con cuidado sobre su regazo, después miré más abajo... sus pies estaban apoyados en el suelo como si fuera a ponerse en pie, como si los tuviera preparados para salir corriendo en cualquier momento. Me senté en una de las sillas libres tras saludar en voz alta y clavé mis ojos en ella, noté cómo los músculos de su cara se relajaban y sus hombros bajaban apenas unos milímetros. Me sonrió nerviosa y centró su atención en mi hermana. Supuse que sería un día como otro cualquiera, en el que los dos nos ignoraríamos mutuamente, pero ella, de nuevo, me sorprendió. Primero cuando Santiago llegó, mi amigo se dirigió a ella y le dio un beso en la mejilla, cuando se ponía derecho la miró sonriendo.

  • ¿Has visto Mar? – dijo él orgulloso.
  • Sí, me alegra.
  • Sólo uno – dijo el chico contento.
  • ¿Para qué darnos dos? Somos amigos.

No entendí y miré a mi hermana, estaba perdido en aquella conversación. Fue Andrés quien me sacó de dudas.

  • Como últimamente siempre llegas tarde hay cosas que te pierdes, ella siempre nos saluda con un beso en la mejilla y los chicos parecen no acostumbrarse, así que siempre van a darle dos y ella sonríe y se aparta. Dice que a la gente que le gusta prefiere darle un beso, que para ella es más íntimo hacerlo así.
  • Ya – dije como si no me importara.

Pero en realidad sí me importaba, a mí nunca me daba ni un beso, ni dos, ni nada ¿Por qué? Después llegó la segunda sorpresa, yo pensaba que como siempre me ignoraría, pero aquel día parecía extrañamente dispuesta a crear algún tipo de disputa entre nosotros. Achaqué aquella faceta de su personalidad a que ya había perdido la vergüenza. A cada una de mis ironías ella contestaba con otra y en la mayoría de los casos lograba dejarme en evidencia.

No era que lo estuviera pasando mal, no era que la situación no fuera de mi agrado, era que había descubierto que aquella mujer era capaz de irritarme hasta el infinito. Me pasé todo el tiempo tenso, esperando alguno de sus afilados comentarios cada vez que yo hablaba y siempre, siempre, me encontraba con alguno. Odié su voz, su sonrisa, todo. Llegué a casa odiando a aquella estúpida mujer y lo peor fue que el sábado, estando en la puerta del parque, ella apareció otra vez, por lo que me temí más de lo mismo. Pocas veces conseguíamos tener una conversación seria o decente, pero esas pocas veces me gustó hablar con ella. Aquel día estaba claro que ella tenía ganas de aguarme el día con su afilada lengua.

Afortunadamente decidimos ir a una discoteca, eso mantendría su molesta voz fuera de mis oídos. Pensé que iríamos en metro, pero mis amigos estaban deseando pasear, me quejé, pero era yo contra el mundo, como siempre. Avanzábamos mezclados, ella nunca había estado en la discoteca a la que iríamos y mis amigos la ponían en antecedentes. No sé cómo consiguió ponerse a mi lado, no sé cómo aguanté todo aquel tiempo con aquella chica a mi lado, cuando cada vez que se dirigía a mí era para dejarme cortado ante todos. No sé cómo conseguía encontrar las palabras justas que me hacían callar, ni sé cómo soportaba yo todo aquello sin mandarla a la mierda.

Estar en la discoteca me liberó, no oír su voz me liberó, pero en lugar de la irritación me encontré a mí mismo preocupándome en exceso por mi hermana. Cada vez que se perdía de mi vista me preguntaba dónde podría estar, así que en vez de pasarlo bien lo pasé fatal pensando que mi hermana podría estar en brazos de cualquier desalmado que pretendiera llevársela a la cama.

Como el viernes, otra vez llegué a mi casa odiando a Mar, odiaba todo su ser, con una fuerza que jamás había sentido. Ni me gustaba cómo actuaba conmigo ni me gustaba que se hubiera pasado la noche acaparando a mi hermana, alejándola de mí. Intenté dormir, pero estaba demasiado enfadado para conseguirlo.

Aquella semana fue un desastre, no podía apartar de mi mente las situaciones en las que ella conseguía irritarme, no podía dejar de pensar que si el viernes aparecía de nuevo yo me sentiría mal, no dejaba de pensar en cómo era todo antes de que ella apareciera en nuestras vidas y que quería que todo volviera a la normalidad de antes, a la quietud de nuestras vidas hastiadas y monótonas.

Me vi en la puerta del parque, hacía calor, pero mi sudor era excesivo, estaba nervioso, temiendo que ella desahogara su furia conmigo. Por primera vez en varias semanas era viernes y yo estaba en el lugar acordado a la hora acordada. Llegó un momento después que el resto, con aquella sonrisa en su rostro. De nuevo el odio inundaba todo mi ser, la odiaba, era la primera vez que odiaba a alguien en mi vida, al menos de ese modo, era la primera vez que alguien me caía tan mal. Ella saludó a Carolina y Andrés dándoles un beso en la mejilla, dio un abrazo a mi hermana y un beso a Santiago. Fue como verlo a cámara lenta, oía sus pasos resonar en la acera, vi cómo su rostro se acercaba al de Jorge con la tranquilidad de saludar a un amigo y después miré a Jorge, sonreía maliciosamente, su cara estaba girada esperando el beso de la chica y de pronto la giró, haciendo chocar sus labios. Un fuego repentino quemaba mis entrañas, pensé que aquel calor sería capaz de provocar una combustión espontánea en mí. Me sentí en llamas cuando ella me miró tímidamente y agachó los ojos sonrojada, su cara aún estaba a escasos milímetros de la cara de Jorge y deseé que ella le diera una bofetada.

Las llamas a mi alrededor crecieron hasta sentir que sería capaz de quemar toda la ciudad cuando ella se acercó a la oreja de Jorge y le habló. Hubiera dado media vida por oír lo que ella tenía que decirle. Jorge sonreía mientras ella le hablaba, intenté notar algo en su rostro que me diera la pista de lo que ella le decía, pero aquel gesto se había congelado en su cara. Di un paso hacia atrás, intentando tener otra perspectiva y fue entonces cuando vi la mano de mi amigo, estaba cerca de la cintura de Mar, como dispuesto a agarrarla, pero de pronto su mano se cerró en un puño y la apartó de ella rápidamente. Sentí un extraño alivio al descubrir que aquello podía ser porque ella le estaba rechazando. El fuego se convirtió en rescoldos que me hacían sentir bien. Pero por otro lado estaba su cara, la cara de Jorge mientras la escuchaba, no había cambiado ni un ápice y eso avivó los rescoldos, yo había pensado que a ella le gustaba Jorge y aunque por un segundo pensé que le estaba rechazando, también podía estar diciéndole otra cosa. Su voz resonó en mi mente, era sólo mi imaginación, pero no me gustó, fue como si le oyera decir: "Ahora no Jorge, sé discreto, luego tú y yo..." Ni siquiera dejé que mi imaginación terminara aquella frase. Me enfadé conmigo mismo, no podía ser verdad que a ella le gustara Jorge, no podía ser cierto que ella quisiera besarle o acariciarle, me repugnó imaginarles juntos, con los cuerpos sudorosos, jadeando... y me excité cuando sustituí la imagen de mi amigo por la mía.

Yo estaba allí, paralizado, horrorizado al descubrir qué era eso que sentía. Celos, estaba celoso de Jorge, estaba celoso porque sus labios habían tocado los de Mar, porque su mano había intentado posarse en ella con lujuria. Estaba celoso porque yo la quería para mí, quería que sus besos fueran míos, que su cuerpo sólo me deseara a mí. Cerré los ojos al comprender la situación ¿Cómo iba ella a quererme a mí si yo era el tipo más capullo del universo? Ella era guapa, simpática, buena, cariñosa, no se merecía a alguien como yo. Ella se merecía a alguien capaz de amarla de una manera sobrehumana y aunque estaba claro que Jorge no era ese tipo, yo tampoco lo era.